Podría acostumbrarme a estar adormecido, ya no le tengo miedo al fin del mundo y morir o vivir por fin me es indiferente. A veces pienso en el segundo de calor que sentiré cuando venga el estallido o si realmente tendré tiempo para pensar cuando una bala me destroce el cráneo. Siempre pienso en el dolor, el dolor da miedo, especialmente cuando se piensa en él, pero lo que realmente aterroriza, por sobre el dolor, es la tortura. Cuando el dolor estalla ya no hay nada que hacer más que disfrutarlo, disfrutar de eso que uno tanto teme y evita, porque soportarlo es un juego de niños comparado con el momento previo al dolor, el instante en que se toma conciencia de él, eso es lo más terrible de todo. Por eso la tortura es tan temida por todos, porque se hace fuerte con la lucidez del torturado, de jugar y de experimentar hasta qué punto alguien puede estar totalmente despierto mientras se le aplica dolor. Si la persona no sabe en cada segundo exactamente dónde está, la tortura pierde todo su sentido entonces. Por eso me gusta estar adormecido, porque no sé exactamente dónde estoy y ya nada me molesta ni me hace sonreír.