Pasa el tiempo como pasó el día: inalterado. Suena la guitarra, canto un rato y me cago la garganta otro, así voy matando el tiempo que tanto nos asusta a veces. No hay nada entretenido en el computador, pero es perfecto para mirar inmóvil como avanza el reloj de la esquina. Bajo a la cocina, abro el refrigerador, lo cierro y lo vuelvo a abrir, escucho mis pies aplaudir contra las punzantes cerámicas y me miro en la ventana; así han muerto otros cinco minutos. De vuelta a mí puedo pasar al baño o seguir de largo, en realidad no tiene mucho sentido hacer diferencias cuando el fin de todo esto no es más que mantenerme ocupado. ¿Por qué entonces la gente se preocupa tanto de hacer su vida interesante todo el tiempo? Porque para mí olvidar algo que pasó, por pequeño que sea, es como haber matado ese algo y así también, el tiempo con él. Es como lo que hago ahora, olvidar y matar el tiempo. En algún sentido tal vez todos lo hacen, pero nadie lo reconoce.
Cierro la puerta, como si alguien fuera a entrar detrás de mí, y aprovecho de gastar un par de segundos más pensando en qué lado de la puerta es el que menos veo, porque si se quedara abierta para siempre, como le gusta a mi papá, un lado definitivamente quedaría percudido por el sol y otro desaparecería en mi memoria. Adentro todo sigue igual: la ropa tirada, la batería desarmada, algunas monedas desparramadas y las cortinas defendiéndome heroicamente de la luz. Cualquiera diría que deprime vivir así, sin más motivos para despertar que la biología, y sí, tienen mucha razón.
Me gusta mi pieza y ese pequeño micro-clima que se crea una vez que estamos solos, cuando todos los recuerdos salen a ocupar los espacios que los evocan y a retorcerme las entrañas.