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miércoles, 12 de octubre de 2011

Máquina de bebidas

Ahí estaba de nuevo, en una suerte de recepción, esperando las buenas nuevas y moviendo impaciente los pies que me colgaban del asiento. La mañana calentaba tranquila ese día de agosto y el sol entraba por todas partes, ayudando al polvo a teñir todo de un color veraniego: las rendijas de las paredes de aluminio negro; las cerámicas de los pasillos y las alfombras de las oficinas; los vidrios difusos por donde se metía inevitablemente la vida que inundaba todos los rincones de los desgraciados oficinistas; y un par de trofeos deportivos expuestos con orgullo en las enormes vitrinas de la oficina del subdirector. Había estado un par de veces antes ahí, por otras razones y con otros temores, pero a pesar de todo jamás me habían reprimido; el subdirector era un inglés amable en exceso, amante de los valores y objeto de burlas que siempre me apenaron en secreto. Él me enseñó que la verdad libera, ojalá lo supiera.
Esperé mi turno en silencio, aún tenía fe en Dios, en los hombres y en la vida. Una vez en la oficina me senté tranquilo, apenas saludé al entrar, aterrado por no molestar a la autoridad, que en esos días tanto peso tenía. El inglés buscaba en una cajita de herramientas metálica las últimas monedas que le iban quedando para pagar; yo me distraía mirando las imperfecciones de la pintura y una foto colgada en la pared de un hombre solemne vistiendo una franja tricolor que le cruzaba todo el cuerpo, desde el hombro hasta la cadera contraria. Por fin rompió el silencio y me preguntó mi nombre en un español mal hablado, me pasó los doscientos pesos que me había tragado la máquina de bebidas y se levantó para despedirse como si hubiera olvidado que yo no era más que un niño, incapaz de agradecer un gesto como ese.
Victorioso corrí a la expendedora a elegir una bebida, que no disfruté tanto como aquel día en que se detuvo el tiempo hasta esa mañana. Entonces pudo seguir todo como siempre debió haber sido. Me vi sentado a un lado de la máquina terminando lo que había empezado dos semanas atrás o contándole a mi mamá camino a casa todo lo que me había gustado tomarme esa bebida acariciado por el sol, da igual, no podía hacer nada más que vivir esos recuerdo felices que nunca ocurrieron.




 Lo que hubiera sido que se quede donde está