domingo, 26 de febrero de 2012

De sueños lúcidos

Recuerdo perfectamente el día en el que M. se fue. Estábamos sentados en un paradero de Colón hablando de cómo controlar los sueños. Yo nunca lo había querido intentar, como bien me dijo un amigo una vez, eso no era para mí. M. me escuchó con la mirada perdida en algún sueño antiguo, mientras yo le contaba de esa vez que salté tres veces hasta que atravesé el concreto y desperté; era la primera vez que trataba de volar. M. me dijo que no todos consiguen volar y luego me habló de sus sueños. Me nombró las cosas en las que debería fijarme para saber que estoy soñando y otras en las que hay que pensar para poder mantenerme soñando, lo que según él es lo más difícil de lograr. M. ha volado muchas veces, dice que puedes sentir el viento entre los dedos y que cuando lo controlas, puedes ir a donde quieras. Me gustaba verlo ahí, en ese paradero de mierda, hablando del viento como alguien que recuerda un viejo amigo. Yo lo envidiaba un poco, hasta que descubrí que éramos del mismo tipo de personas. Hay algunos que si les das a elegir cualquier superpoder, dirán que quieren ser invisibles, tener superfuerza o supervelocidad; están otros que no dudan en decir que les gustaría controlar el tiempo; y está ese último grupo de personas que siempre soñará con volar. M. era de los que eligen volar.

domingo, 5 de febrero de 2012

45 - 61

     —Sabe bailar muy bien le dije. Baila ballet. Practicaba siempre dos horas al día aunque hiciera un calor horroroso. Tenía mucho miedo de que se le estropearan las piernas con eso, vamos, de que se le pusieran gordas. Jugábamos a las damas todo el tiempo.
     —¿A qué?
     —A las damas.
     —¿A las damas? ¡No fastidies!
     —Sí. Ella nunca las movía. Cuando tenía una dama nunca la movía. La dejaba en la fila de atrás. Le gustaba verlas así todas alineadas. No las movía.
     Stradlater no dijo nada. Esas cosas nunca le interesan a casi nadie.

. . .

     No me hizo caso. Siguió sujetándome las muñecas mientras yo le gritaba hijoputa como cinco mil veces seguidas. No recuerdo exactamente lo que le dije después, pero fue algo así como que creía que podía tirarse a todas las tías que le diera la gana y que no le importaba que una chica dejara todas las damas en la última fila ni nada, porque era un tarado. Le ponía negro que le llamara tarado. No sé por qué, pero a todos los tarados les revienta que se lo digan

 Lo que hubiera sido que se quede donde está