Me siguen las moscas. como si supieran lo que murió dentro de nosotros. Están en todas partes: en la cocina, en mi pieza, en mi cabeza, en la alfombra y en el techo. No me dejan dormir.
A veces quisiera matarlas, es hasta entretenido, pero odio verlas reventadas en las paredes. Siempre he pensado que la sangre de las moscas es más sucia que la de cualquier otro animal, hasta que recuerdo que la sangre es sangre: un par de plaquetas, algo más de eritrocitos y están también los leucocitos; todos elementos figurados de nombres amables.
En realidad no sé mucho de la sangre ni de las moscas, sólo sé lo que todos saben, que comen caca y esas cosas. Pero hay muchos animales que también comen caca, como los perros y a ellos todos los quieren. En realidad, yo creo que a las moscas las odian porque son muchas y llegan a invadir esos espacios que nadie más se atrevería a tocar, como las piezas. Es como si nunca hubieran sido niños temerosos de entrar en la pieza del hermano grande de algún amigo, donde siempre estaba oscuro y empapelado de afiches de grupos. Además, a uno siempre le desagradan las cosas que repletan los espacios y llegan a cagar todo, como los chinos o las inmobiliarias. Por eso nos molestan las moscas, porque se meten en las piezas y se comen los almuerzos.
La gente siempre habla de ellas, dicen que viven un día, teoría absolutamente falsa, refutada empíricamente el día que atrapé una en mi pieza por más de una semana. Me cuesta eso de vivir un día, suponiendo que eso que dicen es cierto, una mosca podría calcular exactamente cuanto de su vida quiere dedicar a cada cosa. No puedo dejar de pensar que para las moscas los segundos son más pequeñitos y que lo que vemos como un banal revoloteo puede ser el viaje de una vida. Debe ser horrible ser una mosca y pasar la vida atrapada en la celda de vidrio que se cierra cuando alguien abre una ventana.
Un día había tantas moscas que no se podía estar quieto, así que me puse a matarlas. Aburrido de ver sus cuerpos esparcidos por los muebles y en el matamoscas, tomé el encendedor de la cocina sin muchas expectativas de poder quemar alguna. Recuerdo que vi una parada en el vidrio, le puse la llama muy cerca, sin ánimos de lograr nada, cuando se le prendieron las alas y calló sobre el marco de la ventana. El fuego consumió primero sus patas, que se retorcieron de dolor, luego terminó de matarla bajo agudos chillidos. Nunca imaginé que las moscas pudieran chillar. Vinieron entonces pensamientos como: si las moscas viven un día, o dos, y ésta pasó un par de segundos humanos siendo quemada, no quiero ni imaginar el tiempo mosca que duró su agonía o, peor aun, el porcentaje de su vida que fue dedicado involuntariamente a ser quemada. Después de ver ese espectáculo de mierda me sentí el nazi de las moscas y me fui a comer a otro lado.
Ahora me gusta aspirarlas con la aspiradora: limpio y fácil.
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