Ese día podía saber exactamente en qué momento cruzaría la línea de la vigilia para caer dentro de los razonamientos sin control que vienen previos al sueño o a la parálisis. Pero era extraño saber que los estaba teniendo, como si fuera un turista paseando por la ciudad donde vive, analizando mis propios pensamientos como si viera la tele, completamente ajeno a ellos. No era la típica pérdida del conocimiento gradual casi ausente de recuerdos, sabía perfectamente lo que estaba pasando, porque una vez que avanzaba más allá de los límites, la cabeza me empezaba a hervir. Yo creo que se sobrecalentaba de dos pensamientos simultáneos: de los que fluían y de los que pensaban. Estas dos voces dentro de la cabeza se llevaban todo de mí, tanto que me costaba trabajo respirar, tanto que tenía que despertar para no quedarme paralizado; para poder volver a respirar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario