sábado, 15 de septiembre de 2012

Ya descubrí por qué la gente hace show cuando se cura, es porque tiene pena. Así, no sólo logra quitarse la pena, sino que empezar a dar pena, es como si la sacara de adentro y se convirtiera en la pena misma.

Cumpleaños

Lo único que recuerdo en este momento es el día del cumpleaños de la Vianka. Ni siquiera recuerdo el día la verdad, sólo recuerdo su casa y los monitos que vimos cuando fui. No sé por qué fui, no recuerdo si éramos amigos o algo, de hecho en el curso le tenían sobrenombres y un niño nunca va a los cumpleaños de las niñas y menos si le tienen sobrenombres, pero debe ser porque mis papás me llevaban a todos los cumpleaños donde me invitaban, aunque yo no quisiera. Su casa era soleada y bonita, quedaba por ahí por los bomberos de Talcahuano, estaba decorada con platitos de barcos como los que tenía mi tata, recuerdo que eran los mismos. Tal vez su papá era marino.
Llegó poquita gente al cumpleaños, vimos unos monitos que eran como la copia del libro de la selva, recuerdo que había un tigre y un elefante. No éramos más de seis. Un niño contó que el tigre no te ataca si lo estás mirando, por eso los de la tele tenían máscaras para ponerse atrás de la cabeza. No sé qué más pasó en el cumpleaños, parece que jugamos súper nintendo mientras la mamá nos llevaba unos pancitos como si fueran canapés, tenían pasta de pollo y cosas ricas, cosas que no entendíamos. Yo quería dulces y no panes.
Tal vez inventé todo esto, la única certeza que tengo es el recuerdo de la escalera, esa escalera llena de sol que nunca he podido olvidar, como si hubiera tenido un ventanal exclusivamente para llenarla de luz. Las escaleras y el sol son siempre el mismo recuerdo, la misma combinación mortal, siempre el mismo efecto. La misma sensación que produce recordar la sorpresa que te daban al final para que te llevaras a la casa o el pedacito de torta que me regalaron para mis papás. No sabría decir por qué chucha me da tanta pena imaginarlo, pensar que su mamá sigue ahí, echándole dulces a una sorpresa de cartón, pensar que tal vez compraron sorpresas para más niños de los que fueron, pensar en todo eso me da pena.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Doctor

El doctor me preguntó por mi mano y cuánto me dolía y luego me mostró un sticker que tenía en el vidrio de la mesa, con una escala de dolor que iba del uno al diez. El uno decía algo así como molestia, el tres decía dolor leve y así subían hasta el dolor insoportable o la peor tortura del mundo. Todos los números y descripciones iban acompañados de un monito que representaba el nivel de dolor; no podía ser más fácil de entender y aun así el doctor me lo explicó con detalle. Yo todo el tiempo quise interrumpirlo, ahorrarle palabras, decirle que no era necesario, que sólo bastaba con que me dijera cuánto me dolía y yo le diría el número, que no era ni siquiera necesario que me dijera cuál era la escala, porque la conocía a la perfección.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está