jueves, 24 de marzo de 2011

Que triste la hora y el sueño, el hambre, el frío, mi cama, mi pieza y mis libros, y que triste el tiempo que tengo y el que no.

domingo, 20 de marzo de 2011

Tantos episodios de una misma sinopsis que no sé por dónde empezar, porque al escribir uno, estoy, a su vez, escribiéndolos todos juntos y separados.

lunes, 14 de marzo de 2011

laberintos

Evocábamos, como fotografiando un misterioso recuerdo, una vieja habitación de piso de madera maltrecha, incierta y lúgubre por los hongos que la teñían de un color ocre oscuro mezclado con tierra de bosques milenarios. Las tenues luces no permitían ver las paredes, como si no existieran. Por alguna razón, sólo atribuible a un sueño, no sabía cuando ni donde estarían los límites de esta espeluznante escena, pero sabía que no podían escapar de eso que conocía. En el centro de ese universo sombrío reposaban, sobre las rechinantes tablas, una tina seducida a los placeres del óxido y un sillín que sostenía a un niño hecho muerte, mientras intentaba quitar con una esponja el olor a azufre que lo visitaba desde el infierno.

Ojos de vidrio

En el espejo no se podía ver nada además de un par de ojos rojos que, hechos carne, se confundían con la piel y no se cansaban de intrigarme. Solo ahí, no podía entender en lo que nos habíamos convertido. Después de miles de infecciones y manoseos, ya no se podía reconocer el pardo en esos ojos que buscaba insaciable. En esa especie de pesadilla lúcida, un par de ojos de un vidrio sanguíneo, teñidos por tanta cal y muerte en sus venas, me atormentaban cada vez que iba a cerrar los ojos.

Son of a gun

martes, 8 de marzo de 2011

158

La encontraba en los oscuros dormitorios de los pueblos vencidos, sobre todo en los más abyectos, y la materializaba el tufo de la sangre seca en las vendas de los heridos, en el pavor instantáneo del peligro de muerte, a toda hora y en todas partes. Había huido de ella tratando de aniquilar su recuerdo no sólo con la distancia, sino con un encarnizamiento aturdido que sus compañeros de armas calificaban de temeridad, pero mientras más revolcaba su imagen en el muladar de la guerra, más la guerra se parecía a Amaranta. Así padeció el exilio, buscando la manera de matarla con su propia muerte, hasta que le oyó cantar a alguien el viejo cuento del hombre que se casó con una tía que además era su prima, y cuyo hijo terminó siendo abuelo de sí mismo.
-¿Es que uno se puede casar con una tía? -preguntó él, asombrado.
-No sólo se puede -le contestó un soldado- sino que estamos haciendo esta guerra contra los curas para que uno se pueda casar con su propia madre.

Gabriel García Márquez.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está