miércoles, 6 de noviembre de 2013

Día quince

Cuando desperté estábamos saliendo del centro. Había un niño como de séptimo básico sentado al lado mío, tenía esos bigote de jamás afeitado y los pantalones le apretaban un poco. Tarareaba una canción estúpida. Estaba con una niña, asumo que de la misma edad y que eran compañeros, pero ella se veía mayor. Estábamos sentados en el último asiento de la micro, él iba en el que está justo al medio mirando al pasillo y su amiga iba en el pasillo parada, mirándolo. Sus manos se rozaban a veces en el pasamanos, era como un juego de ir y venir, un apretar y aflojar constante y tímido. Después de un rato entendí que eran pololos, cuando ella por fin se decidió a tomarle la mano, abrazándole un par de dedos que se apoyaban en la manilla que va en la cabecera del asiento de adelante.
Discutieron un rato porque él atinó tarde a decirle a ella que se sentara en lugar de él y al final siguieron como al principio, sólo que ahora sin hablar. Ella lo miraba con una cara que a veces daba miedo, él miraba por la ventana, ella sonreía cuando él la miraba y él murmura estupideces. Me daban ganas de decirle que la solución era fácil, que podían compartir el asiento y que él tenía que afeitarse. Yo no entendía sus problemas, tampoco entendía por qué él no la pescaba y la sentaba encima suyo. Les quería preguntar por qué no hablaban, por qué no se reían, si querían las papas fritas que me sobraron (a los niños siempre les gustan las papas fritas). Me desesperaba que estuvieran ahí, mirándose como si no tuvieran nada en común, como si todo el mundo importara más que un par de palabras amables, más que un hablar del clima, de la propaganda electoral, de lo bonito que estaba el río y el cielo, de lo intermitente de la lluvia, del viento, del mar, de la materia, de sus pruebas, de lo que quieren ser cuando grandes, del frío y del hambre, de sus papás, de sus abuelos, de sus grupos favoritos, de las uñas pintadas, de los bigotes sin afeitar, de los pantalones apretados y de los parches en las mochilas.

jueves, 31 de octubre de 2013

No tienes idea lo terrible que es la rutina cuando no estás. Lavarmelosdientessalirbuscarelpasecorreryquesemepaselamicropagarlasentarmetenerquebuscaralgoenquepensarcederelasientocaminarporlosárbolesentrarysentarmesoloenalgunasalasaliryqueseadenochecaminarsolodenuevoporloárboleslamicroeltacolasviejaslapenalasviejaslapenaylasviejas. Todo es terrible cuando no estás.
Sólo quiero dormir, tomarme un botella de cerveza hasta que se acabe este plazo infernal que nos hemos dado. También me gustaría comer mucho y pasar todo el invierno durmiendo como los osos.

Día 10 mil.

A veces todo sale mal cuando empieza mal. Es terrible empezar algo mal porque instantáneamente lo condena a ser un fracaso. Es como tirarse un piquero dudando porque no se transforma en un piquero dudoso sino que en un guatazo terrible. Es como ese video del tipo que salta al mar y cae de cara en la esquina del muelle de cemento. Ese tipo no sabía lo que estaba haciendo.
Los días a veces empiezan mal y están destinados a ser una pérdida de tiempo, como hoy. Uno podría saberlo y simplemente seguir durmiendo. Lo otro que se puede hacer es dedicarlo a actividades donde de todas formas se iba a tener pena, como estudiar o tocar guitarra, pero a veces la pena es tan grande que lo único que se puede hacer es dar vueltas buscando una canción que te haga perderte algunos segundos. Las cuecas han sido particularmente tristes hoy.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Día ochocientos.

Quería que me dijeras que viste mi auto hoy, pero después me acordé que estaba muy escondido. Hoy corrí por primera vez por la u, nunca lo había hecho, ni siquiera para llegar a la hora a un certamen. Te hubiera gustado verme.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está