Ayer murió un tipo en la tele, sesenta y tres años tenía. Manejaba un camión tres-cuartos cuando chocó con una vía siglo veintiuno que debió haber ido volando. Todos los testigos estaban consternados y el taco alcanzaba desproporciones incalculables, paralizando las actividades de todos los que estaban llegando atrasados. El representante legal de la flota de micros se aferró con uñas y dientes a la idea de que sus choferes manejan a la defensiva y la esposa del micrero estaba conteta, pues había esperado lo peor cuando le contaron de la tragedia. Nadie más volvió a hablar del muerto.
martes, 25 de octubre de 2011
miércoles, 12 de octubre de 2011
Máquina de bebidas
Ahí estaba de nuevo, en una suerte de recepción, esperando las buenas nuevas y moviendo impaciente los pies que me colgaban del asiento. La mañana calentaba tranquila ese día de agosto y el sol entraba por todas partes, ayudando al polvo a teñir todo de un color veraniego: las rendijas de las paredes de aluminio negro; las cerámicas de los pasillos y las alfombras de las oficinas; los vidrios difusos por donde se metía inevitablemente la vida que inundaba todos los rincones de los desgraciados oficinistas; y un par de trofeos deportivos expuestos con orgullo en las enormes vitrinas de la oficina del subdirector. Había estado un par de veces antes ahí, por otras razones y con otros temores, pero a pesar de todo jamás me habían reprimido; el subdirector era un inglés amable en exceso, amante de los valores y objeto de burlas que siempre me apenaron en secreto. Él me enseñó que la verdad libera, ojalá lo supiera.
Esperé mi turno en silencio, aún tenía fe en Dios, en los hombres y en la vida. Una vez en la oficina me senté tranquilo, apenas saludé al entrar, aterrado por no molestar a la autoridad, que en esos días tanto peso tenía. El inglés buscaba en una cajita de herramientas metálica las últimas monedas que le iban quedando para pagar; yo me distraía mirando las imperfecciones de la pintura y una foto colgada en la pared de un hombre solemne vistiendo una franja tricolor que le cruzaba todo el cuerpo, desde el hombro hasta la cadera contraria. Por fin rompió el silencio y me preguntó mi nombre en un español mal hablado, me pasó los doscientos pesos que me había tragado la máquina de bebidas y se levantó para despedirse como si hubiera olvidado que yo no era más que un niño, incapaz de agradecer un gesto como ese.
Victorioso corrí a la expendedora a elegir una bebida, que no disfruté tanto como aquel día en que se detuvo el tiempo hasta esa mañana. Entonces pudo seguir todo como siempre debió haber sido. Me vi sentado a un lado de la máquina terminando lo que había empezado dos semanas atrás o contándole a mi mamá camino a casa todo lo que me había gustado tomarme esa bebida acariciado por el sol, da igual, no podía hacer nada más que vivir esos recuerdo felices que nunca ocurrieron.

jueves, 6 de octubre de 2011
6 de octubre.
Pasa el tiempo como pasó el día: inalterado. Suena la guitarra, canto un rato y me cago la garganta otro, así voy matando el tiempo que tanto nos asusta a veces. No hay nada entretenido en el computador, pero es perfecto para mirar inmóvil como avanza el reloj de la esquina. Bajo a la cocina, abro el refrigerador, lo cierro y lo vuelvo a abrir, escucho mis pies aplaudir contra las punzantes cerámicas y me miro en la ventana; así han muerto otros cinco minutos. De vuelta a mí puedo pasar al baño o seguir de largo, en realidad no tiene mucho sentido hacer diferencias cuando el fin de todo esto no es más que mantenerme ocupado. ¿Por qué entonces la gente se preocupa tanto de hacer su vida interesante todo el tiempo? Porque para mí olvidar algo que pasó, por pequeño que sea, es como haber matado ese algo y así también, el tiempo con él. Es como lo que hago ahora, olvidar y matar el tiempo. En algún sentido tal vez todos lo hacen, pero nadie lo reconoce.
Cierro la puerta, como si alguien fuera a entrar detrás de mí, y aprovecho de gastar un par de segundos más pensando en qué lado de la puerta es el que menos veo, porque si se quedara abierta para siempre, como le gusta a mi papá, un lado definitivamente quedaría percudido por el sol y otro desaparecería en mi memoria. Adentro todo sigue igual: la ropa tirada, la batería desarmada, algunas monedas desparramadas y las cortinas defendiéndome heroicamente de la luz. Cualquiera diría que deprime vivir así, sin más motivos para despertar que la biología, y sí, tienen mucha razón.
Me gusta mi pieza y ese pequeño micro-clima que se crea una vez que estamos solos, cuando todos los recuerdos salen a ocupar los espacios que los evocan y a retorcerme las entrañas.
jueves, 29 de septiembre de 2011
domingo, 4 de septiembre de 2011
Un libro que conozco
Es un libro raro: un día nos lleva a un bosque a pasar la tarde echados en la maleza y a la página siguiente describe detalladamente las sombrías noches de ciudades decadentes. Este libro escapa a sus paisajes, no cae con el mundo ni se hunde en el mar. Por eso es un buen libro, todos deberían leerlo y pasar así las frías horas de escarcha. Es pasear con un niño por los infiernos, tocando la roca fundida del centro de la tierra y jugando con ella. Es como una sonrisa en la oscuridad, ahí donde ya no llega la luz solar eso es: una sonrisa en la oscuridad.
jueves, 25 de agosto de 2011
24 de agosto
En el desierto los hongos crecían como en el paraíso: grandes, rojos y blancos y por todas partes. Cuando no hubo noche, el calor seco los deshidrató en pocos minutos una vez que los tuve en mis manos. Era cosa de correr el mosquitero para pisar la tierra endurecida por el sol. Afuera de mi pieza todo era como en las películas al atardecer en un pueblo fantasma, a diferencia que yo no podía ver una sola casa. Los buitres y los coyotes esperaban que cayera la noche, porque con este calor no eran más que invisibles adornos del paisaje. En el interior de las cuevas de arena carentes de pinturas rupestres vivían los hongos más hermosos, reposando sobre mesas construidas por el viento y los años. Saqué algunos, los saqué casi todos, pero sólo volví con tres. Los puse a secar en el viejo radiador de la pieza con tallo y todo, mientras veía como los más pequeños se apoderaban de mi guitarra, de la ropa en mi closet y de mi mochila. Era un espectáculo indescriptible verlos crecer dentro de mí.
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