Tengo pena hoy, es tanta la pena que casi me pongo a llorar con un comercial de la tele. Es una pena conocida, desencadenada (o predicha) por el mensaje que me llegó al celular del Servel. Debe ser porque dormí muy poco, me acosté tarde, dormí doblado y que hoy no quise ir a votar. No es un buen día para que se junten todas esas cosas con tener que estudiar además y no saber por dónde empezar.
Mi hermana habló en la mesa y dijo que si no íbamos a votar (increpando a mi hermano y a mí), después no teníamos derecho a reclamar. Aun así ninguno de los dos fue a votar, siempre lo supimos, aunque el Servel, los actores y miles de personas más nos llamaran a hacer lo contrario. ¿Saben lo que me da pena entonces? Saber que hay una papeleta con mi nombre, que alguien la imprimió y que sigue ahí, vacía. Me da pena pensar que existe algún concejal que está con su familia esperando los resultados, que los espera porque es su sueño, porque de verdad cree en el sistema. Me da pena no creer. Me da pena que ese concejal no saque ni un puto voto porque nadie lo vio en ningún cartel. Me dan pena todas esas personas que verán tristes hoy cómo la abstención es la tónica de la jornada. Me da pena no creer
Me molesta este tema del voto voluntario y que nadie me haya preguntado si quería ser votante voluntario, porque no quiero. Detesto estar en esta encrucijada entre votar para no sentir esta sensación asqueante y no votar. No me gusta tener que decidir de nuevo algo que ya había decidido hace varios años atrás y sólo para quedarme con esto, con esta pena que no se va con nada del mundo. Ya lo dije, es una pena conocida y recurrente y que se puede evitar, pero que ahora llegará ineludible todos los días de votación y que sólo se irá votando.