Dicen que las mascotas se parecen a sus amos, pero ¿pueden las cosas parecerse a sus dueños? Hoy, entre esas divagaciones creadas por la película que terminaba, me di cuenta que el auto en el que íbamos se parecía mucho a mi papá. Sin saber aún quién creó a quien, sus rasgos comenzaron a fusionarse, confundiéndome. Hay ciertas cosas que no tiene sentido cuestionarme, porque no tienen principio ni importancia, pero no puedo evitar pensar si es que fue ese auto quien transformó a mi papá o si fue sólo un paso más de la escalera al fin.
Desde el asiento del conductor se puede controlar todo lo que pasa en el auto, desde lo que respiramos hasta lo que sentimos. Las ventanas se bloquean para que nada escape de su control y la música está simplemente hecha para molestarnos, porque en ningún caso nos ha hecho sonreír. Los asientos, perfectos para estar sentados, no me dejan soñar y el ruido del motor me hace saber en todo momento que me estoy moviendo a gran velocidad. Tanta superficialidad me aleja de la carretera y me hace olvidar todo lo que le debo. Las ventanas de atrás distorsionan la realidad para que no pueda ver con claridad; adentro ni te imaginas como se siente el viento... adentro sólo sientes frío.
Con todas estas herramientas y unos cuantos botones, han logrado confundirme. ¿Es que él sólo se está aprovechando de mi papá? Conozco sus planes; son diabólicos, parecidos a temáticas de las películas más conspiracionistas. Todo llega a niveles extremos con este auto... ¿o con mi papá? Ya no puedo distinguirlos. Están destinados a estar solos, siempre buscando distanciarse del resto; marcar esa marginadora diferencia con la gente común. En el fondo siempre han soñado con estar solos. Están destinados para grandes logros... yo por mi parte, sólo quiero verlos alejarse a gran velocidad entre el polvo y el viento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario