viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Me lavo los dientes?

Me gusta echarle la pasta al cepillo de dientes, creo que es mi parte favorita porque es algo en lo que nadie podría fallar. Sólo los más exquisitos suelen detenerse a pensar en la cantidad perfecta para que no empiece a intoxicarse la boca, pero que alcance, a su vez, a limpiar hasta la más recóndita muela sin sentir que ésta pierde completamente el sentido. Yo prefiero cerrar los ojos mientras lo hago. A veces el contenido del tubo se mete por entre las cerdas o cae por un lado del cepillo en un intento por mantenerse inmaculada y hermosa en su último paseo camino al cadalso.
Lo que sigue no es más que un trámite desagradable, como accionar el interruptor de la luz en las noches o abrir el refrigerador cuando está vacío. Moviendo de arriba a abajo y de izquierda a derecho nunca sé muy bien qué hacer. La pasta se mete por entre los dientes, toca la lengua y lleva la higiene casi hasta el dolor mismo. Me miro al espejo hasta encontrarme y creo que no pienso en nada mientras lo hago. Estoy en esto un rato prudente, el tiempo necesario, pero, ¿el necesario para qué? ¿Alguien entiende lo que hacemos o lo que intentamos limpiar? Nunca sé cuánto debo estar ahí, viéndome a los ojos, para salir sano del baño y nunca sabré si realmente estoy limpio o si mi aliento de verdad huele a menta como me lo ha prometido la televisión. Por eso esta es la parte que menos me gusta.
Me cae bien enjuagarme, aquí tampoco se puede fallar, pero no es tan divertido como apretar el envase de la pasta, como jugando con un paté hasta reventarlo, aunque cuando éste está vacío es definitivamente lo peor que puedo imaginar para apretar; no hay nada como inaugurar un paquete nuevo. Volviendo al enjuague, me gusta terminar de lavarme los dientes con la certeza de que por último esto lo he hecho bien, porque ya sería el colmo salir todo manchado de pasta o con la boca blanca. A pesar de que el agua siempre está fría, enjuagarse casi siempre es un buen momento.

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