Mientras más nos acercábamos al bandejón central se hacía más ancho y más profundo, al punto que habían casas creciendo en los bordes escarpados del acantilado que separaba la avenida. Florecían desde adentro del polvo, para sólo dejarse ver por un par de ventanas. Las escaleras entraban y salían de las rocas confundiéndose con los colores de la tierra como si nacieran de ella.
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