Era un lindo día de verano, esos que se ven como si estuvieras en una película cuando tienes las gafas puestas. Me gustaban mucho esas gafas ahí, me cuidaban del sol y del viento para que no se enterasen jamás de lo que en realidad estaba ocurriendo con mis ojos. Recuerdo haber caminado varias cuadras cargando un bolso. Sin un rumbo claro, buscaba la carretera o la cantina, lo que ocurriera primero. Lamentablemente encontré la carretera.
Bajo la sombra de unos alerces amigos, me senté sobre mi ropa a esperar algo. Pasaban raudos y en infinitas direcciones los autos; cualquiera de ellos me servía a donde yo iba, excepto ese que viajaba al sur. El sol, que se colaba entre los árboles para estar conmigo, me imploraba por cada segundo más ahí. Como en un violento golpe de estado, los colores se tomaban mis sentidos, y como en un sueño que no podía controlar, no me dejaban ver ni escuchar nada más.
Esperé, y esperé más, para ver si me arrepentía, pero como es costumbre, casi como un acto reflejo, estaba sentado en un auto camino a mi casa.