viernes, 23 de marzo de 2012
Vivo
Pasó por al lado mío un perro negro, chico y bien feo que hizo pipí en el primer poste que encontró y siguió caminando. Le hablé varias veces, quería saber si mi cuerpo no se había quedado sentado en la micro o botado en alguna calle más atrás. Imploraba que se diera vuelta, que caminara conmigo hasta mi casa, pero no lo hizo. ¿Habrá sabido ese perro todo lo que yo lo necesitaba? Tal vez nunca me vio, tal vez sigo tendido en el parque de los árboles grandes.
martes, 20 de marzo de 2012
Mares
Y me preguntarás: ¿cuántos mares existen? Querrás saber si los conocía desde antes, pero te diré que no lo sé, que nadie lo sabe; te diré también que ese mar que nos llama a recostarnos no es el mismo que yo conocía, o el que alguien alguna vez conoció, porque este, como todos los mares que existen, nunca volverá a ser el mismo.

Sucias moscas.
Me siguen las moscas. como si supieran lo que murió dentro de nosotros. Están en todas partes: en la cocina, en mi pieza, en mi cabeza, en la alfombra y en el techo. No me dejan dormir.
A veces quisiera matarlas, es hasta entretenido, pero odio verlas reventadas en las paredes. Siempre he pensado que la sangre de las moscas es más sucia que la de cualquier otro animal, hasta que recuerdo que la sangre es sangre: un par de plaquetas, algo más de eritrocitos y están también los leucocitos; todos elementos figurados de nombres amables.
En realidad no sé mucho de la sangre ni de las moscas, sólo sé lo que todos saben, que comen caca y esas cosas. Pero hay muchos animales que también comen caca, como los perros y a ellos todos los quieren. En realidad, yo creo que a las moscas las odian porque son muchas y llegan a invadir esos espacios que nadie más se atrevería a tocar, como las piezas. Es como si nunca hubieran sido niños temerosos de entrar en la pieza del hermano grande de algún amigo, donde siempre estaba oscuro y empapelado de afiches de grupos. Además, a uno siempre le desagradan las cosas que repletan los espacios y llegan a cagar todo, como los chinos o las inmobiliarias. Por eso nos molestan las moscas, porque se meten en las piezas y se comen los almuerzos.
La gente siempre habla de ellas, dicen que viven un día, teoría absolutamente falsa, refutada empíricamente el día que atrapé una en mi pieza por más de una semana. Me cuesta eso de vivir un día, suponiendo que eso que dicen es cierto, una mosca podría calcular exactamente cuanto de su vida quiere dedicar a cada cosa. No puedo dejar de pensar que para las moscas los segundos son más pequeñitos y que lo que vemos como un banal revoloteo puede ser el viaje de una vida. Debe ser horrible ser una mosca y pasar la vida atrapada en la celda de vidrio que se cierra cuando alguien abre una ventana.
Un día había tantas moscas que no se podía estar quieto, así que me puse a matarlas. Aburrido de ver sus cuerpos esparcidos por los muebles y en el matamoscas, tomé el encendedor de la cocina sin muchas expectativas de poder quemar alguna. Recuerdo que vi una parada en el vidrio, le puse la llama muy cerca, sin ánimos de lograr nada, cuando se le prendieron las alas y calló sobre el marco de la ventana. El fuego consumió primero sus patas, que se retorcieron de dolor, luego terminó de matarla bajo agudos chillidos. Nunca imaginé que las moscas pudieran chillar. Vinieron entonces pensamientos como: si las moscas viven un día, o dos, y ésta pasó un par de segundos humanos siendo quemada, no quiero ni imaginar el tiempo mosca que duró su agonía o, peor aun, el porcentaje de su vida que fue dedicado involuntariamente a ser quemada. Después de ver ese espectáculo de mierda me sentí el nazi de las moscas y me fui a comer a otro lado.
Ahora me gusta aspirarlas con la aspiradora: limpio y fácil.
domingo, 4 de marzo de 2012
Maletas
Al principio cuando me llamaba burgués y todas esas cosas se notaba que lo decía en broma y no me molestaba. Hasta lo encontraba gracioso. Pero después me di cuenta que empezaba a decirlo en serio. Lo cierto es que me resultaba muy difícil compartir la habitación con un tío que tiene unas maletas mucho peores que las tuyas. Lo natural sería que a una persona inteligente y con sentido del humor le importara un rábano ese tipo de cosas, pero resulta que no es así. Resulta que sí importa. Por eso prefería compartir el cuarto con un cabrón como Stradlater que al menos tenía unas maletas tan caras como las mías.
domingo, 26 de febrero de 2012
De sueños lúcidos
Recuerdo perfectamente el día en el que M. se fue. Estábamos sentados en un paradero de Colón hablando de cómo controlar los sueños. Yo nunca lo había querido intentar, como bien me dijo un amigo una vez, eso no era para mí. M. me escuchó con la mirada perdida en algún sueño antiguo, mientras yo le contaba de esa vez que salté tres veces hasta que atravesé el concreto y desperté; era la primera vez que trataba de volar. M. me dijo que no todos consiguen volar y luego me habló de sus sueños. Me nombró las cosas en las que debería fijarme para saber que estoy soñando y otras en las que hay que pensar para poder mantenerme soñando, lo que según él es lo más difícil de lograr. M. ha volado muchas veces, dice que puedes sentir el viento entre los dedos y que cuando lo controlas, puedes ir a donde quieras. Me gustaba verlo ahí, en ese paradero de mierda, hablando del viento como alguien que recuerda un viejo amigo. Yo lo envidiaba un poco, hasta que descubrí que éramos del mismo tipo de personas. Hay algunos que si les das a elegir cualquier superpoder, dirán que quieren ser invisibles, tener superfuerza o supervelocidad; están otros que no dudan en decir que les gustaría controlar el tiempo; y está ese último grupo de personas que siempre soñará con volar. M. era de los que eligen volar.
domingo, 5 de febrero de 2012
45 - 61
—Sabe bailar muy bien —le dije—. Baila ballet. Practicaba siempre dos horas al día aunque hiciera un calor horroroso. Tenía mucho miedo de que se le estropearan las piernas con eso, vamos, de que se le pusieran gordas. Jugábamos a las damas todo el tiempo.
—¿A qué?
—A las damas.
—¿A las damas? ¡No fastidies!
—Sí. Ella nunca las movía. Cuando tenía una dama nunca la movía. La dejaba en la fila de atrás. Le gustaba verlas así todas alineadas. No las movía.
Stradlater no dijo nada. Esas cosas nunca le interesan a casi nadie.
. . .
No me hizo caso. Siguió sujetándome las muñecas mientras yo le gritaba hijoputa como cinco mil veces seguidas. No recuerdo exactamente lo que le dije después, pero fue algo así como que creía que podía tirarse a todas las tías que le diera la gana y que no le importaba que una chica dejara todas las damas en la última fila ni nada, porque era un tarado. Le ponía negro que le llamara tarado. No sé por qué, pero a todos los tarados les revienta que se lo digan
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