sábado, 21 de julio de 2012
martes, 10 de julio de 2012
2
Hoy caminé por el centro mirado desde adentro, desde los edificios hacia afuera, así lo estaba viendo. Entré a todas las partes donde pude, caminé entre la niebla, en todos los pasillos y por todas las tiendas. Me compré dos helados por pena que dormirían mi cerebro, para dejar de sentir la pena, para adormecerme por dentro. Me gustan los helados, en especial con crema y tritón, son mis helados favoritos, como recuerdos de la guerra...
I
Ven a pasear por mis sueños y a hacerlos verdaderos, caminando por las calles y llevándome por los cerros.
lunes, 9 de julio de 2012
Ballenas 1
Llegamos al muelle bien tarde por la noche para ir por nuestro paseo por la bahía. Nos recibió un militar de pelo gris, vestido de camuflaje, que manejaría la lancha; el otro de negro entero, no estaba ahí para hablar. Nos subimos a uno de esos típicos zodiacs verde musgo o negro, ¡apenas nos separaba de las olas! El militar de negro se sentó en la punta y el más alto al final para tomar el brazo del motor, M. y yo nos sentamos en el tablón central, algo asustados por el negro infinito de las aguas, un negro que nunca habíamos visto; nadie nunca sale de noche en bote.
El marino más viejo empezó a hablar del krill por radio y apenas cortó le pregunté si llegaban ballenas a la bahía, él me dijo que sí, que había justo una a la derecha de nosotros.
Digimon
Me acuerdo que cuando chico leí un libro de las crónicas de Narnia para el colegio, me gustaba, siempre me han gustado los mundos mágicos, aunque ni me acuerdo de la historia, sólo de la nieve. Me dejaba siempre la misma sensación cuando terminaba de leer, como si me faltara algo, como si mi vida estuviera de verdad vacía. Es la misma sensación que me quedaba después de ver digimon.
martes, 26 de junio de 2012
Olas Grises 1
Hoy conocimos un pueblo, todavía más al sur que la última ciudad del continente, pasando el frío concreto de los supermercados subterráneos y de los edificios desiertos y por el azotado embarcadero de cielos oscuros y aguas revueltas donde a veces nos alojamos para recorrer sus calles de barro. Más allá de todo eso está el pueblo que les cuento, protegido por los mares más peligrosos del mundo.
Es un pueblo tranquilo, defendido por una tropa de soldados con bayonetas y por la eterna niebla que le da ese aspecto de olvidado en el tiempo. Las casas más adineradas del pueblo están en la península, en lo más alto de la colina de los caminos de adoquines. Pintadas de llamativos colores que harían retorcerse en sus tumbas a los antiguos dueños que alguna vez vinieron a construirlas aquí para abandonarlas a la mala fortuna de envejecer eternamente en un lugar donde no pasa el tiempo. En la ladera oeste nace la parte nueva del pueblo, atochada de casitas de latas amarillas y de redes y botes que invaden la playa norte de la pequeña bahía.
Como en todo lugar detenido en el tiempo, sus habitantes viven del pasado porque no conocen otra cosa, pero no se dan cuenta que todo es como antes sólo que más viejo. Los soldados patrullan sin sentido la costanera de piedra, el lago nublado y pequeño bosque de lengas, deteniendo al mismo borracho todos los días; otros cuantos recorren los interminables pasillos de la antigua feria buscando señales de vida.
domingo, 17 de junio de 2012
La música.1
Hay hartas cosas importantes en el mundo, como la música. Siempre pienso que la gente no entiende la música en realidad, que la escuchan para caer bien, como cuando se ríen de un chiste porque a todos los demás les hizo gracia. Me gusta la gente que siente la música, me gusta M. Cuando éramos chicos, en el tiempo que las canciones se bajaban cortadas porque siempre se desconectaba internet, uno iba llenando de a poquito la carpeta "música" con las primeras canciones enteras que pudieras bajar del Napster. Ya más grandes, M. tenía un par de canciones especiales, le gustaban tanto que las escuchaba sólo un par de veces al año por miedo a que le dejaran de gustar. Cualquiera diría que era estúpido, que si le gustaran de verdad las podría escuchar un millón de veces sin aburrirse, yo mismo lo webiaba poniéndolas, pero no era por eso que no las quería escuchar. Ahora no me imagino no entendiendo a mi hermano. No me imagino el día antes de conocer el temor de una canción, de un solo o de un acorde, ese miedo a conocer los recovecos de la armonía que el día anterior te había sacado el estómago por la boca.
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Lo que hubiera sido que se quede donde está
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