miércoles, 24 de octubre de 2012

Masetas

Mis compañeros se metieron a la fuente alemana de maipú, la que queda justo al frente del mercado. Yo no quería comer ni gastar plata, así que salí. Me metí al viejo edificio a ver si encontraba algún regalo para mi mamá. Cada vez que voy al mercado me gusta más, yo creo que desde el día que fui al mercado de Temuco que lo veo diferente. Es como si le pusiera una transparencia encima como las del colegio o de los libros, una transparencia de ese día, de ese sol y de esa compañía. Por eso me gusta más el mercado ahora.
Me metí por las callesitas, sabía exactamente donde iba, así que fui directo a la señora que vende semillas y demases para ver si tenía algo entretenido. No tenía muchas cosas, la verdad es que nunca tiene nada, pero no sabría qué más hacer si no fuera por ella. Le compré tres maseteros, dos chiquitos y uno grande que me puse en la cabeza para protegerme del sol cuando salí. No quise deambular por los recovecos ni sentarme en la fuente que está al centro de todo, sólo quería irme de ahí, sólo quería estar en otra época y en otros mercados.

Trasplantar

Hoy trasplanté un tomate, el más grande que tenía. Me costó un montón sacarlo de la botella, vine a darme cuenta bien tarde que no es tan buena idea usar botellas de maseteros, especialmente esas de jugo que son bien duras. Empecé a cortar el plástico con una sierra que encontré. Cuando me fallaba el pulso le cortaba las raíces a mi tomate, incluso le corté una que lo hizo caer, me dio pena, todavía me da. Le puse uno de los palitos chinos que tengo para sujetar las plantas mientras yo seguía con la operación. Decidí hacerlo con una tijera de podar que encontré en un set rebonito de mi mamá y empecé de a poco a romper la botella para sacar la tierra y las raíces por completo. Con las demás herramientas de la cajita verde tomé la planta y la tierra y la puse en el masetero que compré en el mercado. Espero que no tenga que trasplantarla de nuevo, por el bien de mi planta. Cubrí lo más que pude con tierra, la regué para que se afirmara un poquito y la dejé encima del escritorio para que tomé el sol de la mañana. Dicen que siempre es bueno regar después de un trasplante. Quiero que crezca, es una de las poquitas cosas que me va quedando.

viernes, 12 de octubre de 2012

Hombre Paloma 1

¿Conocen al hombre paloma? No es el mismo que salía en Arnold, de hecho, son seres antagónicos con el que les voy contar, y aunque nacen de un mismo animal, uno vuela y el otro vive para comer, son una suerte de dualidad de la paloma. Me gustaría escribir del bueno, del que vuela hacia el sol, pero sinceramente, creo que estoy más familiarizado con su némesis.
¿Por qué lo conozco? Todos lo conocemos, vive en todos nosotros, en nuestras casas y se come nuestra comida. Siempre pienso que se aloja en la ex-pieza de mi hermana, de allegado en las vigas del techo, que deambula buscando algo en que ocuparse porque ya no puede seguir durmiendo, caminando sin sentido como una paloma en el concreto, defendiendo un pedazo de tierra que no le pertenece, que en un par de minutos olvidará sus límites, pero que defendería hasta perder un ala o algún otro dedo del pie, porque así son las palomas, olvidan fácilmente. Podrías pensar que es como cualquier otro animal, que es como cualquier perro, pero no, el hombre paloma es diferente. Si miramos un perro, puede estar acostado todo un día si no tiene por qué levantarse, en cambio nunca veremos un paloma acostada, ¿saben por qué? Porque son demasiado estúpidas para entender que no haría ninguna diferencia si se levantan o no, si dan una vuelta más, si bajan o no esa escalera a saltitos, si defienden o no ese pedazo de tierra que acaban de reclamar, sólo lo hacen porque no tienen nada más que hacer, porque jamás han hecho algo que realmente valga la pena. De aquí es de donde nace nuestro hombre paloma, el que vive con las alas rotas, el que vuela sólo para esperar la muerte, rogando todos los días que llegue rápido para que termine por fin con su sinsentido, pero que le teme más que a todo en el mundo. Ese es nuestro hombre paloma.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Vómito 1

Me ha dolido la guata toda la semana, desde que tomé el viernes pesado creo, sería más de una semana entonces. Me duele harto, tanto que a veces no puedo dejar de pensar en eso, no puedo sacar las pseudo-nauseas de mi cabeza ni de mi garganta. Estoy aburrido ya.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Ya descubrí por qué la gente hace show cuando se cura, es porque tiene pena. Así, no sólo logra quitarse la pena, sino que empezar a dar pena, es como si la sacara de adentro y se convirtiera en la pena misma.

Cumpleaños

Lo único que recuerdo en este momento es el día del cumpleaños de la Vianka. Ni siquiera recuerdo el día la verdad, sólo recuerdo su casa y los monitos que vimos cuando fui. No sé por qué fui, no recuerdo si éramos amigos o algo, de hecho en el curso le tenían sobrenombres y un niño nunca va a los cumpleaños de las niñas y menos si le tienen sobrenombres, pero debe ser porque mis papás me llevaban a todos los cumpleaños donde me invitaban, aunque yo no quisiera. Su casa era soleada y bonita, quedaba por ahí por los bomberos de Talcahuano, estaba decorada con platitos de barcos como los que tenía mi tata, recuerdo que eran los mismos. Tal vez su papá era marino.
Llegó poquita gente al cumpleaños, vimos unos monitos que eran como la copia del libro de la selva, recuerdo que había un tigre y un elefante. No éramos más de seis. Un niño contó que el tigre no te ataca si lo estás mirando, por eso los de la tele tenían máscaras para ponerse atrás de la cabeza. No sé qué más pasó en el cumpleaños, parece que jugamos súper nintendo mientras la mamá nos llevaba unos pancitos como si fueran canapés, tenían pasta de pollo y cosas ricas, cosas que no entendíamos. Yo quería dulces y no panes.
Tal vez inventé todo esto, la única certeza que tengo es el recuerdo de la escalera, esa escalera llena de sol que nunca he podido olvidar, como si hubiera tenido un ventanal exclusivamente para llenarla de luz. Las escaleras y el sol son siempre el mismo recuerdo, la misma combinación mortal, siempre el mismo efecto. La misma sensación que produce recordar la sorpresa que te daban al final para que te llevaras a la casa o el pedacito de torta que me regalaron para mis papás. No sabría decir por qué chucha me da tanta pena imaginarlo, pensar que su mamá sigue ahí, echándole dulces a una sorpresa de cartón, pensar que tal vez compraron sorpresas para más niños de los que fueron, pensar en todo eso me da pena.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Doctor

El doctor me preguntó por mi mano y cuánto me dolía y luego me mostró un sticker que tenía en el vidrio de la mesa, con una escala de dolor que iba del uno al diez. El uno decía algo así como molestia, el tres decía dolor leve y así subían hasta el dolor insoportable o la peor tortura del mundo. Todos los números y descripciones iban acompañados de un monito que representaba el nivel de dolor; no podía ser más fácil de entender y aun así el doctor me lo explicó con detalle. Yo todo el tiempo quise interrumpirlo, ahorrarle palabras, decirle que no era necesario, que sólo bastaba con que me dijera cuánto me dolía y yo le diría el número, que no era ni siquiera necesario que me dijera cuál era la escala, porque la conocía a la perfección.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está