sábado, 9 de noviembre de 2013
Tengo cada día menos amigos y soy cada día un weon más apático, con menos temas, más fome, más feo, más penca, menos bonito. No lo digo yo, lo dice todo a mi alrededor. Pero tengo un grupo de amigos con los que siempre soy yo y que siempre se alegran de verme. Jugamos un par de fifas, nos comemos un vampiro y terminamos la noche jugando magic pa que todos se aburran y se vayan a acostar. Eso hacemos y a veces nos reímos hasta llorar. No sé cuánta gente tiene la suerte de poder decir eso.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Día 66
118
¿Cómo convencerá el asesinado a su asesino de que no ha de aparecérsele?
MALCOLM LOWRY, Under the Volcano.
149
Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Sólo es real la niebla
OCTAVIO PAZ.
Capítulo 66
66
Facetas de Morelli, su lado Bouvard et
Pécuchet, su lado compilador de Almanaque literario (en algún momento llamaba
“Almanaque” a la suma de su obra).
Le gustaría dibujar ciertas
ideas, pero es incapaz de hacerlo. Los diseños que aparecen al margen de sus
notas son pésimos. Repetición obsesiva de una espiral temblorosa, con un ritmo
semejante a las que adornan la stupa de Sanchi.
Proyecta uno de sus muchos finales de su
libro inconcluso, y deja una maqueta. La página contiene una sola frase: “En el
fondo sabía que no se puede ir más allá porque no lo hay.” La frase se repite a
lo largo de toda la página, dando la impresión de un muro, de un impedimento. No
hay puntos ni comas ni márgenes. De hecho un muro de palabras ilustrando el
sentido de la frase, el choque contra una barrera detrás de la cual no hay
nada. Pero hacia abajo y a la derecha, en una de las frases falta la
palabra lo. Un ojo sensible que descubre el hueco entre los
ladrillos, la luz que pasa.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Mañana 15.
Hoy día en la mañana me atacó un hipopótamo que salía de un lago del porte del mar. Lo bueno de todo esto es que aunque no alcancé a correr, tampoco lo dejé masticarme la cara. Le puse la rodilla en el cuello y lo molí a combos mientras me apretaba contra el piso para intentar alcanzarme con su boca asquerosa y sus dientes amarillentos. Forcejeamos en el piso hasta que alguien le atravesó la cara con un rastrillo.
Día quince
Cuando desperté estábamos saliendo del centro. Había un niño como de séptimo básico sentado al lado mío, tenía esos bigote de jamás afeitado y los pantalones le apretaban un poco. Tarareaba una canción estúpida. Estaba con una niña, asumo que de la misma edad y que eran compañeros, pero ella se veía mayor. Estábamos sentados en el último asiento de la micro, él iba en el que está justo al medio mirando al pasillo y su amiga iba en el pasillo parada, mirándolo. Sus manos se rozaban a veces en el pasamanos, era como un juego de ir y venir, un apretar y aflojar constante y tímido. Después de un rato entendí que eran pololos, cuando ella por fin se decidió a tomarle la mano, abrazándole un par de dedos que se apoyaban en la manilla que va en la cabecera del asiento de adelante.
Discutieron un rato porque él atinó tarde a decirle a ella que se sentara en lugar de él y al final siguieron como al principio, sólo que ahora sin hablar. Ella lo miraba con una cara que a veces daba miedo, él miraba por la ventana, ella sonreía cuando él la miraba y él murmura estupideces. Me daban ganas de decirle que la solución era fácil, que podían compartir el asiento y que él tenía que afeitarse. Yo no entendía sus problemas, tampoco entendía por qué él no la pescaba y la sentaba encima suyo. Les quería preguntar por qué no hablaban, por qué no se reían, si querían las papas fritas que me sobraron (a los niños siempre les gustan las papas fritas). Me desesperaba que estuvieran ahí, mirándose como si no tuvieran nada en común, como si todo el mundo importara más que un par de palabras amables, más que un hablar del clima, de la propaganda electoral, de lo bonito que estaba el río y el cielo, de lo intermitente de la lluvia, del viento, del mar, de la materia, de sus pruebas, de lo que quieren ser cuando grandes, del frío y del hambre, de sus papás, de sus abuelos, de sus grupos favoritos, de las uñas pintadas, de los bigotes sin afeitar, de los pantalones apretados y de los parches en las mochilas.
viernes, 1 de noviembre de 2013
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
Lo que hubiera sido que se quede donde está
-
Cuando desperté estábamos saliendo del centro. Había un niño como de séptimo básico sentado al lado mío, tenía esos bigote de jamás afeitad...
-
He estado pensado mucho en el estado (uuuy si, se escriben igual las weás). O el Estado es con mayúscula? En volá, pa no confundirlos. Lo bu...
