Sin quererlo, le flotó en la memoria un recuerdo. Vio una habitación iluminada por la luz de una vela con una gran cama de madera clara y él, chico de nueve o diez años que estaba sentado en el suelo agitando un cubilete de dados y riéndose excitado. Su madre estaba sentada frente a él y también reía. Aquello debió ocurrir un mes antes de desaparecer ella. Fueron unos momentos de conciliación en que Winston no sentía aquella hambre imperiosa y le había vuelto temporalmente el cariño por su madre. Recordaba bien aquel día, un día húmedo de lluvia continua. El agua chorreaba monótona por los cristales de las ventanas y la luz del interior era demasiado débil para leer. El aburrimiento de los niños en la triste habitación era insoportable. Winston gimoteaba, pedía inútilmente que le dieran de comer, corría por la habitación revolviéndolo todo y dando patadas hasta que los vecinos tuvieron que protestar. Mientras, su hermanita lloraba sin parar. Al final le dijo su madre: "Sé bueno y te compraré un juguete. Sí, un juguete precioso que te gustará mucho". Y había salido a pesar de la lluvia para ir a unos almacenes que estaban abiertos a esa hora y volvió con una caja de cartón conteniendo un juego llamado "De las serpientes y las escaleras". Era muy modesto. El cartón estaba rasgado y los pequeños dados de madera, tan mal cortados que apenas se sostenían. Winston recordaba el olor a humedad del cartón. Había mirado el juego de mal humor. No le interesaba gran cosa. Pero entonces su madre encendió una vela y se sentaron en el suelo a jugar. Jugaron ocho veces ganando cuatro cada uno. La hermanita, demasiado pequeña para comprender de qué se trataba el juego, miraba y se reía porque los veía reír a ellos...

No hay comentarios:
Publicar un comentario