lunes, 13 de diciembre de 2010

Después de una patada en las rodillas acabé por entender, casi maquinalmente, lo que ha sido mi libertad. Se escapa a los sueños, al hambre o al techo y no entiende de sistemas. Se trata de cosas puras y de sentimientos verdaderos. No entiende de razones o de algoritmos, porque la única verdad que comprende es la de observar. Aunque parezca un tanto egoísta, me tienes que creer que no lo es, porque una vez que ya lo has entendido, no necesitarás de nada ni de nadie, y estas palabras perversas serán sólo para recordar a aquellos encarcelados.
Cuando esa maldita deuda se haya saldado, entonces por fin podré escapar y volar por el mar. Porque las cadenas así funcionan, atrapándote con deudas y promesas, para hacerte sentir parte de algo maquiavélico que te necesita para funcionar; algo tan grande que su propio ego lo ha corrompido hasta las cenizas. Me aburrí de que me echen cosas en cara y no quiero tener que dar otra explicación de nuevo, porque hasta mi muerte tendría que explicar para darle una razón de ser, si ésta a los ojos del mundo fuese en vano. Hoy no soy libre porque le pertenezco a alguien y entonces me pregunto si la libertad irá de la mano de la felicidad, como alguna vez lo pensé. Tal vez cuando todo lo que me rodea sea sincero, cuando todos seamos libres.
Todos tienen maneras de amarrar lo que necesitan a ellos: el sistema te hace creer que necesitas cosas y así llegas a deberle cosas; la religión te hace sentir culpable de algo que jamás llegarás a entender y mucho menos a pagar; a tus papás por supuesto les debes todo; la política es tan sólo una ilusión de un mundo mejor, que te atrapa tratando de cambiar eso que de corazón crees que no es correcto... pero si algún día cambiara ya no tendría como mantenerte a su lado. Estupideces y más blasfemias e incongruencias, y aún le debo yo mucho a este blog. Entonces, después de todo y aunque entienda hasta la más ridícula forma de libertad, aún no puedo ser libre, me debo demasiado a mí y a mis promesas. De un modo irónico ir a la cárcel es una extraña forma de libertad, donde ya no te debes nada a ti ni al hambre, al techo o al ego; donde ya no le debes nada a Dios; donde ya no puedes tener sueños. Idílicamente el cumplir tus sueños, sería la más hermosa forma de libertad, casi equiparable con una enfermedad terminal o aun con la muerte, porque regalar la vida es algo que sólo se puede devolver de la misma manera. Tal vez algún día valga la pena regalársela alguien más, a alguien que entienda el significado de lo que es un regalo.
Aquel día, cuando ya no tenga que comer y cuando ya no exista el frío, por fin seré libre. El día en el que el hoy oscurezca completamente el mañana y más aún el porvenir; cuando la vida se viva y no sólo se sueñe, el anhelado día en que por fin ya no le deba nada a nadie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

 Lo que hubiera sido que se quede donde está