jueves, 2 de diciembre de 2010

Por más que busco y busco en mi cabeza, no logro recordar donde he dejado mi opinión. Debe estar muy escondida o tal vez se ha vuelto algo tan evidente que la doy por sentado, y en su lugar la reemplazo por nuevas formas que desconozco. Trato de encontrar entre el revoltijo de identidades, alguna idea innovadora que me libere, por fin, de esta fracasada dualidad que intenta entender eso que me haría diferente. Se libra una batalla por encontrar la verdad, pero no soy tan fuerte como para llevar eso que no pienso hasta las últimas consecuencias o, ¿es acaso que definitivamente no tengo una opinión? Tampoco soy bastante inteligente para llevar algún punto del plano imaginario al plano real y eso hace posible la lucha de estas dos caras que, inútilmente, buscan imponerse. Sé que no tiene importancia, pero una cosa es sentir y la otra es pensar, y de alguna u otra manera una cosa debería llevarme a la otra, pero ¿y si no lo hace? Entonces aborto cada idea al nacer de mi boca, chocando con esa verdad establecida como absoluta dentro de todo lo que soy. De este modo nunca encontraré mi opinión.
¿Tiene algún sentido creer en cosas que jamás habías pensado, para así darte cuenta que nunca las habías creído? Si es que no tiene ningún sentido creer en algo que no existe, entonces ¿me he estado mintiendo todo este tiempo? Me convierto en alguien que en el fondo no sabe nada y lo peor es que siempre lo supe...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

 Lo que hubiera sido que se quede donde está