Veíamos los techos de lata en una perfecta simbiosis con los árboles y el óxido. Desde allí todo se había abandonado a la resignación de un final irrevocable y al calor, excepto nosotros. La tarde pasaba lenta, dándonos la oportunidad de ver todo el cambio de tonalidad hasta llegar a aquellos rojizos que espolvorean recuerdos por los rincones. Habíamos sacado el tocadiscos al balcón y tomábamos cerveza mirando el sol, en desmedro de algunas nubes que explotaban en el horizonte y por entre los edificios. El balcón era como siempre lo soñé, a la altura de un tercer piso, dejándome ver terrenos destrozados y casas desoladas, pintado de un amarillo muy similar al de sus baldosas restregadas y tan fascinante como para no alcanzar a imaginar absolutamente nada más.
holi
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