La recordé un instante que se extendió a lo largo de la avenida, hasta la esquina en la que el dobla la micro. No fue un momento triste como antes lo hubiera imaginado, más bien parecía ser alegre, empañado bajo una suave mano de pintura de antaño que le daba esos matices de incertidumbre, como si ella ya hubiera muerto. La vi cristalina, mirándome y riendo maliciosamente, mientras deambulábamos sobre las estrellas y bajo las calles, hablando de los edificios y de las hojas.
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