Sonaba el silencio inexorable que se escucha en el ojo de una tormenta, cuando sorpresivamente todo se volvió efervescente, en una marejada de notas y acordes disonantes que revolucionaban los pasos de las gentes atareadas sin que ellas lo notaran. Era como estar dentro de un microondas que obligaba hasta a la más ínfima parte de mí a hervir y a hacer explotar mis poros. Todo parecía normal para las cámaras de seguridad que vigilaban los pasillos, porque no alcanzaban a distinguir la malicia que evocaba mi sonrisa ni la suspicacia que se escapaba a borbotones por mis ojos. Intentaba disimular el paso al andar y no mover la cabeza con los golpes de la caja, pero mientras más contenía esa fuerza irrevocable, más resuelta volvía por librarse al fin y hacerme saltar sobre las plantas o arrojarme al pasto violentamente al compás de la música.
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