La atmósfera se comenzó a teñir de colores de primavera, mientras nos confundíamos entre el mirar y el vivir. Olvidábamos épocas y compañías, incluso para qué habíamos subido al cerro, cuando un fruto estalló el encarnizado tiroteo. Los infinitos eternos del bosque cubrían mi cara de los impactos de los rasantes proyectiles. Recogí algunas balas que encontré de los años de la resistencia y otras de siglos anteriores, hice algunas señas para que me cubrieran y comencé a correr. Una vez que los disparos se hicieron más inminentes, las tres risas inundaron el bosque, como alguna vez lo habían hecho en otros días más verdes que estos; días que evocábamos involuntariamente con nuestras sonrisas.
Corrí y corrí sin parar, esperando que alguien me siguiera. Tenía ganas de reír. Ya no podía parar, en una carretera de un solo sentido buscaba el camino de regreso.
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