Eran algo así como las ocho de la mañana, pero ya no me importaba llegar tarde a clases porque seguía sin polera alucinado con las cicatrices del techo. Hacía frío. Tomamos café sentados entre el suelo y el colchón, escarchados por un tímido silencio que no puedo recordar muy bien, porque se escondía bajo pláticas amorfas y de hervidores y bajo el café mismo. Me dijo que íbamos a tener que comer pan solo porque no tenía refrigerador y blablabla. Creo que fue eso lo que me hizo despertar realmente y ver que el hambre que no me dejaba dormir no había sido sólo un capricho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario