Deambulaba, patrullando las calles a ver si la encontraba, aunque era lo último que quería. Me aturdía la enormidad descomunal de una ciudad donde eso es, precisamente, su principal desgracia. Conocí aquel día, rumbos erráticos, perdidos en la memoria o desolados, incluso llegué a caminar en círculos sin que nadie lo notara. Entre lloviznas ocasionales pisaba las hojas y buscaba el sol. Trataba de sentir cada fierro que componía las rejas que tocaban mis dedos al andar o volar parado sobre las paredes que no valía la pena intentar tocar. Eternizaba la miseria que reflejaba en los demás para verlos a todos iguales a mí.
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