martes, 21 de junio de 2011

Calcetines

Me gustan mis calcetines nuevos, son tan suaves y blancos como siempre los soñé. Me gusta no tener que ponerme de nuevo esos calcetines de mierda de acrílico que compra mi mamá en la calle, esos que te acaloran los pies. Son una especie de imitación de alguna marca conocida, siempre en tonos grises y blancos percudidos y con el logo en cuestión de un color bien raro, algo así como un rojo-morado poco común (no soy muy bueno con los colores). Me dan ganas de ir afuera y ver si de verdad son tan sintéticos como me hacen sentir prendiéndoles fuego, pero me da pena pensar que alguien los hizo con sus manos para mí, para que yo los usara. Y de nuevo está allí, ese sentimiento que reconozco tan bien entre la multitud, ese que me recuerda por qué esos calcetines existen y me los muestra rotos en un par de zapatos viejos camino al trabajo, tal vez con tierra, tal vez mojados, pero sí o sí con frío. Tal vez algún día los queme.

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 Lo que hubiera sido que se quede donde está