domingo, 19 de junio de 2011

Curepto.

El día que viajemos será un día húmedo, de esos en los que el sol calienta tímido las carreteras y evapora las lluvias que han quedado cicatrizadas en la tierra y en el pasto. Nos sentaremos en la calle, o en algún paradero, mientras decidimos por donde nos vamos. Conozco muy bien el camino.
Llegaremos a un pueblito entre el mar y la sierra, oculto entre algunas lomas verdes plagadas de cartuchos de escopeta oxidados. Allí, veremos fachadas hermosas pero rotas, cubiertas de escombros apuntalados a las veredas por las esquinas. Las podridas tablas de eucaliptos sujetan los últimos vestigios de la colonia española, como si fueran las muletas de un viejo que se aferra obstinadamente a la vida. Es un pueblo desierto. Los peces que alguna vez nadaron en la fuente de la plaza, ya no son más que un par de colores que imaginaremos esconderse entre las algas del agua estancada. Visitaremos la vieja iglesia del pueblo y sacaremos algunas fotos, como si fuésemos un par de turistas, y pasaremos el tiempo viendo los días de las ferias y recordando el sabor que tenían los helados. Debajo de los árboles de la plaza, te contaré cómo se veían cuando les colgaban lucecitas en aquellos días de las fiestas de septiembre.
Por la tarde subiremos por las estrechas calles que nos llevan colina arriba hasta donde está mi abuelo. El guardia que cuida el cementerio estará durmiendo en su caseta como siempre, así que saltaremos la ridícula cadena que bloquea la entrada. Me pondré las gafas una vez que hayamos llegado para que no me veas llorar, no es que me avergüence, es solo que no quiero que pienses que hemos viajado solamente para eso. Me tomarás la mano con fuerza. Nos sentaremos en el concreto de la tumba y ahí, hablaremos de mi abuelo hasta que empiece a oscurecer.
Para terminar el día, iremos a tomar una bebida a algún negocio de alguna esquina, donde las express aún cuesten cien pesos.

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