El agua infinita no me deja ver las paredes ni la roca, como si todo fuera nadando en círculos. Sólo sé que el sol, después de almorzar, dibuja un cuadrado perfecto que se ve entrar en las olas y ahogarse en el fondo. Aquí no hay peces, sólo un par de lineas azules que me llevan directo hacia lo más sombrío del mundo. Debajo del agua el tiempo se dobla a mi antojo y los sonidos se van juntando en esa lista de reproducción para de pronto hacerlos explotar todos dentro de nuestras cabezas. Caer aquí es como volar borrachos, sometidos al juicio del viento y a la risa, que nunca nos dejaría oscurecernos demasiado. Respiramos las pequeñas burbujas de aire que se nos meten entre los dedos para así, a kilómetros, poder escucharnos resoplar. El techo es tan alto como el firmamento y los ventanales se confunden entre el aquí y el allá, para sólo dejar escapar la luz. El agua de este lugar consume todos los gritos y los pensamientos al ritmo de cada brazada y nos lleva más allá de los sueños, a correr por la infancia con el reflejo sobre nuestras cabezas y a dejarnos llevar a un paseo instantáneo por esos lugares que nunca debimos olvidar. Si existe un lugar donde todo se hace infinito, eso es bajo el agua.
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