Me metí a un local que vendía papas fritas para hacer hora un par de minutos mientras habría la tienda de electrónica. Estaba medio abierto, o eso parecía, porque sobre las vitrinas donde estaban pegados los precios impresos, caían esas pesadas rejas metálicas de negocio cerrado.
Adentro el panorama no era mucho más alentador. Es como si siempre estuviera la misma gente adornando el local y mirando al vacío mientras comen papas fritas con ketchup. El jugo da vueltas en esas máquinas cuadradas, siempre de un color desteñido como la decoración amarilla y las paredes manchadas. Todo está siempre manchado en ese lugar.
No me importa ir ahí a veces. Tampoco me importaba estar mojado o querer vomitar hoy, porque sabía que cuando dieran por fin las dos y media tomaría mis cosas y me iría. Hay otros que simplemente no se podían ir. Todos ellos deben seguir ahí sentados con todo lo demás, dibujando con su presencia una canción de cuna medio olvidada mientras escuchan las noticias de la tarde y se miran al espejo que está al frente de su comida. No importa la hora del día en que entres ahí o si está lloviendo o no, siempre está todo del mismo color grisáceo de cemento de capital corroída por la lluvia ácida. Todo allí está corroído por la misma lluvia, por la misma tristeza que nunca sale por la puerta. No salen penas de ese local, sólo entran.
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