jueves, 9 de septiembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Aprendimos a quererte
desde la histórica altura
donde el sol de tu bravura
le puso un cerco a la muerte.
Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia
Comandante Che Guevara.
Tu mano gloriosa y fuerte
sobre la historia dispara
cuando todo Santa Clara
se despierta para verte.
Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia
Comandante Che Guevara.
Vienes quemando la brisa
con soles de primavera
para plantar la bandera
con la luz de tu sonrisa.
Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia
Comandante Che Guevara.
Tu amor revolucionario
te conduce a nueva empresa
donde esperan la firmeza
de tu brazo libertario.
Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia
Comandante Che Guevara.
Seguiremos adelante
como junto a ti seguimos
y con Fidel te decimos:
hasta siempre Comandante.
Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia
Comandante Che Guevara.

martes, 7 de septiembre de 2010
hasta siempre...
En un lugar donde ser extraño te condena, cuando el dinero me lleva de paseo por el infierno, me escondo detrás de mis propios miedos. Me camuflo en el altar de los sueños, vestido de normalidad, trato de pasar desapercibido. Sentado en una silla que adornaba el paisaje, me vuelvo parte de éste, me convierto en la pintura del muro a mis espalda y, entonces, ya nadie me nota. Como un Dios, observo lo pintoresco de la miseria que he creado; invulnerable, infinito, me río. Sólo disfrazado de pobreza obtengo lo que he venido a buscar, sentado como un Dios, observo, tranquilo, toda esa miseria que me hace tan feliz...
hasta siempre...
Contra todas mis esperanzas y anhelos, sentado en un carrito ridículo tirado por un caballo terminé, creo que les decían victorias... para mí eso era un rotundo fracaso.
Bajo el sol veíamos cosas y más cosas, que yo no era capaz de entender, aunque en el intento olvidara momentáneamente las miradas incansables que nos perseguían. Paseábamos como prisioneros de guerra por las calles cubanas, mientras se calcinaban mis sueños, sentados sobre la abrasadora cuerina negra, rodábamos hacia una inminente tragedia. Como en un zoológico, se escuchaban llover las fotos que trataban de entender la miseria, pero ni con el más mínimo ánimo de empatía. Nos convertimos, entonces, en los animales; encerrados, esperando el juicio, en nuestra cárcel rodante. Me daba lástima, pero no lo que veía; no me conmovía ni el hambre, ni la ausencia, ni el presidio... sentía lástima de mí y de poder pagar una estupidez como aquel paseo.
Me consuela saber que nunca estuve de acuerdo.
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