En un lugar donde ser extraño te condena, cuando el dinero me lleva de paseo por el infierno, me escondo detrás de mis propios miedos. Me camuflo en el altar de los sueños, vestido de normalidad, trato de pasar desapercibido. Sentado en una silla que adornaba el paisaje, me vuelvo parte de éste, me convierto en la pintura del muro a mis espalda y, entonces, ya nadie me nota. Como un Dios, observo lo pintoresco de la miseria que he creado; invulnerable, infinito, me río. Sólo disfrazado de pobreza obtengo lo que he venido a buscar, sentado como un Dios, observo, tranquilo, toda esa miseria que me hace tan feliz...
No hay comentarios:
Publicar un comentario