
No me puedo ocultar de esta cautivante oscuridad que me ofrece la terraza. Desde allí podía ver casi toda la ciudad. Las luces de la bahía se empañaban al escuchar el suave arrullo de las olas; el faro, incesante, guía el rumbo de mi noche, al compás de los truenos. Sentado a oscuras, ahí, en el vacío, esperando el próximo relámpago, tratando de adivinar de qué color pintará el cielo, bajo la tenue oscuridad de una ciudad dormida sobre sus propios sueños.
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