Tengo miedo, como cada vez que no sé qué va a ocurrir; como cada vez que me meto al mar. La incertidumbre de no saber a donde vas. Ignorando el destino, camino entre el polvo de las calles, que el viento levanta para advertirme. Me he quedado a ciegas, porque el sol me quita los ojos, el sol que se refleja en esa ruta con la que debo aprender a ver de nuevo, bajo el resplandor de la ceguera. A cada paso que me alejo de la seguridad de la compañía, crecen mis dudas, alimentadas por el hambre y el peso de mi imposible carga. Se acallan en mis oídos todas las voces que engendran mi errante andar, aquellas voces que ansiaban volver, cesan, confundidas por la estupidez. Obstinadamente piso las flores y el pasto de la carretera que me lleva a nada. Sin mucho que entender, termina mi guerra civil, cuando todo comienza: había parado una camioneta.
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