lunes, 19 de diciembre de 2011

Plátano occidental

Prendí la tele mientras almorzaba y estaba en uno de esos canales de películas que nunca veo porque no las entiendo mucho, con todo eso de los subtítulos que no alcanzo a leer. Era de una niña que podía ver todo el mundo subida a un árbol, mientras se arropaba con el viento y se perdía en el cielo. Como a mí, le gustaba ver entre las hojas como las nubes cortaban los rayos de luz. No alcancé a saber por qué le gustaba tanto ese árbol, pero yo me hubiera subido con ella para que no lo cortaran.

martes, 6 de diciembre de 2011

No sé por qué me gusta tanto el ceviche si tiene puras cosas que no me gustan, como los condimentos.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Copos de nubes

Si te pidiera que miraras al cielo, ¿qué verías? Podríamos coincidir en una misma mirada, en un mismo cielo, teñidos de azul como hace un rato o hundidos en el más profundo de los negros como ahora. Nos encontraríamos solos, flotando ahí donde se deciden todos los colores, inmersos en nuestros cabellos centelleantes y balbuceando estrellas fugaces. Veríamos las nubes desde lo más alto que conocemos, porque ya nada es lo que parece y las praderas se teñirán de blanco espumoso mientras se confunden con el mar y se convierten en montañas. Y me preguntarás: ¿cuántos mares existen? Querrás saber si los conocía desde antes, pero te diré que no lo sé, que nadie lo sabe; te diré también que ese mar que nos llama a recostarnos no es el mismo que yo conocía, o el que alguien alguna vez conoció, porque este, como todos los mares que existen, nunca volverá a ser el mismo. Sabrás donde encontrarme, en ese lugar que nadie ha visto antes, mirando el infinito bajo un árbol evaporado y perdido en el más hondo de los silencios. Si alguna vez me distraigo es porque estoy mirando el cielo, el mismo que reflejan nuestros ojos; el mismo cielo que me ayudará a buscarte algún día si es que te demoras entre mis recuerdos. Y si te pidiera que miraras al cielo, ahora, ¿qué verías?

domingo, 27 de noviembre de 2011

Dormir

Quiero dormir, como todo el tiempo, pero ahora es distinto. No quiero simplemente soñar, dejar de tener dolor de guata o de estar cansado, sólo quiero dormir. Aunque me demore en dormirme, sé que necesito tener conciencia de por qué quiero tanto dormir. Como un día dijimos con P., pero hablando del hambre, tal vez durmiendo sea la única forma de quitarme esta sed de mierda que no se pasa con nada. Cuando me apague las luces podré saber de dónde vienen las cosas que veo a diario, en los rincones, cuando me pierdo a ratos. A lo mejor sólo quiero escapar a esos lugares que me cobijan a veces durante las tardes, pero que sólo consiguen trastornarme cuando no puedo reconocerlos con claridad. Cuando me duerma no tendré que pensar en nada de esto, pero mientras más lo pienso más quiero seguir aquí imaginando lo feliz que seré, cuando por fin esté visitando a todos aquellos que me visitan durante los días en los que el sol inclemente nos abraza a todos por igual.

viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Me lavo los dientes?

Me gusta echarle la pasta al cepillo de dientes, creo que es mi parte favorita porque es algo en lo que nadie podría fallar. Sólo los más exquisitos suelen detenerse a pensar en la cantidad perfecta para que no empiece a intoxicarse la boca, pero que alcance, a su vez, a limpiar hasta la más recóndita muela sin sentir que ésta pierde completamente el sentido. Yo prefiero cerrar los ojos mientras lo hago. A veces el contenido del tubo se mete por entre las cerdas o cae por un lado del cepillo en un intento por mantenerse inmaculada y hermosa en su último paseo camino al cadalso.
Lo que sigue no es más que un trámite desagradable, como accionar el interruptor de la luz en las noches o abrir el refrigerador cuando está vacío. Moviendo de arriba a abajo y de izquierda a derecho nunca sé muy bien qué hacer. La pasta se mete por entre los dientes, toca la lengua y lleva la higiene casi hasta el dolor mismo. Me miro al espejo hasta encontrarme y creo que no pienso en nada mientras lo hago. Estoy en esto un rato prudente, el tiempo necesario, pero, ¿el necesario para qué? ¿Alguien entiende lo que hacemos o lo que intentamos limpiar? Nunca sé cuánto debo estar ahí, viéndome a los ojos, para salir sano del baño y nunca sabré si realmente estoy limpio o si mi aliento de verdad huele a menta como me lo ha prometido la televisión. Por eso esta es la parte que menos me gusta.
Me cae bien enjuagarme, aquí tampoco se puede fallar, pero no es tan divertido como apretar el envase de la pasta, como jugando con un paté hasta reventarlo, aunque cuando éste está vacío es definitivamente lo peor que puedo imaginar para apretar; no hay nada como inaugurar un paquete nuevo. Volviendo al enjuague, me gusta terminar de lavarme los dientes con la certeza de que por último esto lo he hecho bien, porque ya sería el colmo salir todo manchado de pasta o con la boca blanca. A pesar de que el agua siempre está fría, enjuagarse casi siempre es un buen momento.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Corramos hasta que se nos desgarren las piernas,
más allá de donde se pone el sol.
Escapando asustados como unos niños,
corriendo nada más porque sí.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El dodo

Tienen un semblante melancólico, como si fueran sensibles a la injusticia de la naturaleza al modelar un cuerpo tan macizo destinado a ser dirigido por alas complementarias ciertamente incapaces de levantarlo del suelo.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está