miércoles, 11 de septiembre de 2013
Vida
Me di cuenta un día que mi abuelo vivía conmigo y que cada día hablaba más weás. Yo pensaba que mi vida no podía cambiar y que él iba a estar con nosotros de forma pasajera. No lo pensaba porque creía que se iba a morir o algo, sólo creía que mi vida no podía cambiar tanto.
De repente estoy en cuarto o quinto de mi segunda carrera y los tacos para llegar a mi casa son cada vez peores. Tengo miedo de no darme cuenta como se me está yendo la vida.
Papas fritas
Me metí a un local que vendía papas fritas para hacer hora un par de minutos mientras habría la tienda de electrónica. Estaba medio abierto, o eso parecía, porque sobre las vitrinas donde estaban pegados los precios impresos, caían esas pesadas rejas metálicas de negocio cerrado.
Adentro el panorama no era mucho más alentador. Es como si siempre estuviera la misma gente adornando el local y mirando al vacío mientras comen papas fritas con ketchup. El jugo da vueltas en esas máquinas cuadradas, siempre de un color desteñido como la decoración amarilla y las paredes manchadas. Todo está siempre manchado en ese lugar.
No me importa ir ahí a veces. Tampoco me importaba estar mojado o querer vomitar hoy, porque sabía que cuando dieran por fin las dos y media tomaría mis cosas y me iría. Hay otros que simplemente no se podían ir. Todos ellos deben seguir ahí sentados con todo lo demás, dibujando con su presencia una canción de cuna medio olvidada mientras escuchan las noticias de la tarde y se miran al espejo que está al frente de su comida. No importa la hora del día en que entres ahí o si está lloviendo o no, siempre está todo del mismo color grisáceo de cemento de capital corroída por la lluvia ácida. Todo allí está corroído por la misma lluvia, por la misma tristeza que nunca sale por la puerta. No salen penas de ese local, sólo entran.
Gente culiá escribiendo
Lo que uno piensa en un día como hoy es que la libertad de expresión debería ser redefinida. No me atrevo a decir que debería ser un derecho para que me malinterpreten como a Nietczhe (no sé cómo se escribe), pero eso es realmente lo que pienso.
Antes de que existieran esas weás de las redes sociales, las personas que podían, con su opinión, tener acceso a miles de personas eran muy pocas. Ahora cualquier saco de weá pasao a caca puede escribir lo que se le ocurra y molestar a todos. Siempre ha sido así, pero la diferencia es que en la vida real las personas respaldan las opiniones con sus vidas, con su pasado, con quienes son y con quienes pueden dejar de ser. Por eso nadie dice nada en la vida real, pero llegan a su casa a twitear (porque ni siquiera son capaces de ponerlas en el carelibro) todas sus opiniones de niño recién salido del kinder.
No digo que la libertad de expresión en general debiera ser un privilegio, pero las personas deberían volver a hacerse responsables por sus opiniones. Creo que a raíz de las redes sociales debería redefinirse el concepto de libertad de expresión y creo también que la libertad de expresión, como la conocemos, debería ser un privilegio en las redes sociales.
Eso pienso hoy. Chupen el pico todos los pinochetistas sacos de mierda.
Perros de casa en las calles
El otro día tuve la mala idea de irme en bicicleta al centro en un día de lluvia y viento. La lluvia no me molestaba, es más el viento que siempre pega en contra de pa'onde uno va. En un viaje así de largo hay que estar preparado y tener un monólogo bien preparado pa no aburrirse ni concentrarse demasiado en el viento o en el cansancio. De hecho no me gusta cruzar el puente con cualquiera, como tampoco me gusta estar con gente con la que no sé de qué hablar.
Bueno, les cuento que al final llegué al centro bien apurado porque ya eran más de las cuatro. Pensé que el viento sería menos cuando por fin saliera del puente, pero no fue así. Iba por Chacabuco pensando que nunca he podido pegarle a alguien en un sueño porque siempre que los tengo listos les termino casi que haciendo cariño con el cacho en el hocico. Es terrible, casi tan terrible como escapar de las olas en cámara lenta hundiéndome en la arena. Llegando como al Enrique Molina me atacó un perro mientras pensaba en el tipo que murió de rabia. No me alcanzó a morder porque le puse una patá en el hocico como pude y me bajé de la bici. El perro culiao estaba ensañado conmigo hasta que llegó un paco a sacarlo. Era un labrador enorme y negro, de casa lógicamente, de algún saco de weá descuidado. A diferencia de mis sueños, a este sí le pude pegar, pero me dejó como un bolo alimenticio verde y asqueroso en la zapatilla que no quise ni tocar. Después pensé un rato más en ese ciclista que lo atacaron los perros con rabia; el resto del viaje le di vueltas a lo que habrá comido ese perro para haber tenido esa porquería verde en la boca.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
P.
Echo de menos los días en que no tenía miedo de irme caminando con un compañero por no saber qué hablar. Ya se me olvidó cómo acercarme a la gente, aunque tampoco me quedan ganas. Sólo quiero dormir.
Pensaba en la micro en todos los amigos que tengo y en los que me van quedando y no son muchos. Debo ser de las personas que más amigos tenía y que menos le quedan. Para que quede más claro, si hacemos la división amigosactuales/amigostotales (o algo así), el número que resultaría de eso sería realmente chico. Me atrevería a decir que de todas las personas que conozco, sería uno de los más pequeños.
Pero lo que más me preocupa de todo esto es que hay un amigo que echo particularmente de menos: P. P. es un buen amigo. Es de esos que nunca te dejan solo. Él tampoco es de muchos amigos ahora. Pensé en él porque extraño esas conversaciones de toda la noche, echados en un saco. No cualquiera las soporta. Ahora sólo pienso en las personas que conozco y en cómo se meten en esos putos teléfonos mientras les estoy hablando. Pienso que nadie me escucha. P. no era así.
Lo voy a dejar hasta aquí porque ya no puedo escribir nada.
martes, 23 de julio de 2013
U Pe
Me contaba mi mamá que en ese tiempo en el liceo les daban todos los días una porción de leche de parte del gobierno, pero que no todas las niñas se la tomaban. Había un grupo que siempre la botaba, la tiraba o la reventaba. Mi mamá a veces les pedía que se la regalaran porque ella era feliz tomándosela.
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