martes, 22 de octubre de 2013

Día uno

Soñé contigo y con una ciudad perdida bajo la nieve. Paseamos en un taxi por todos lados. A ti te llamó la atención que el aeropuerto rural estuviera metido adentro de mercado, entre los pescados no tan frescos y las hierbas curativas. Nos metimos de la mano en un museo de escaleras y a ti te costaba encontrar el baño. Todo era de maderas como en la casa de Neruda, todo tenía escaleras. Subíamos y bajábamos buscando algo que ver, de piso en piso, de medio piso en medio piso. Llegamos por fin a algo en la base de la ciudad. A esa altura el museo no había sido otra cosa que un pasadizo, una suerte de laberinto que podía llevarte por cualquier salida a ciudades desconocidas. Ya habíamos dejado la madera y la nieve atrás. Allí abajo podíamos oler el mar, sentir el vapor de agua que vuela por el aire después de explotar contra las rocas. También sabíamos que el mar estaba cerca por la forma de la ciudad, por las casas de madera corroídas por la pobreza, todas apretadas creciendo hacia el cielo en busca de un poco de luz solar, apenas separadas por unos callejones estrechos fabricados de escalones y de tierra que recorrimos un rato. Entendí en ese punto que el museo era sólo la médula de un gran laberinto perfecto e insalvable, que respiraba  y mutaba gracias a la vida de todos sus habitantes.
Los túneles de piedras cuadradas que encontramos estaban cubiertos de musgo verde por el lado donde les llegaba el sol de la tarde y el pasto se les metía por abajo; por entremedio de los rieles del antiguo tren que llegaba a la costa. Ahí te saqué algunas fotos, te saqué muchas. Tú reías, estabas feliz, te gusta el sol de la tarde y las ruinas, como a mí. Después de caminar por los túneles y de ver pasar un tren, nos metimos de nuevo en el museo para ver adónde terminábamos.

domingo, 13 de octubre de 2013

Seres de luz

Cuando uno está solo en la casa se ven cosas sorprendentes. En días como hoy, exactamente como hoy, se pueden ver volar por mi casa unos seres de luz, sin alas ni formas, nunca he podido convencerme, son más como flechas de fuego que atraviesan las habitaciones. Me acompañan por el rabillo del ojo, me dicen al oído: hey, amigo, no estás tan solo, te vemos, te vemos todos los días en tu pieza, en tu cama, te vemos regalarle tu vida a una máquina de escribir, así te vemos, siempre solo.

martes, 24 de septiembre de 2013

Algunos libros

Es como si las palabras no significaran lo que significan, como si tuvieran un peso por la forma en que están escritas o por cómo se pronuncian. Siempre he pensado eso y que definitivamente es una cualidad que debe perderse cuando un libro en otro idioma lo traducen al español. A veces me equivoco en los significados de las palabras sólo por como suenan. Sé que en el fondo quieren decir otra cosa, sé que en algún punto de la creación de las palabras, algún empleado mal pagado archivó algo donde no debía, provocando estas confusiones. Pero no todas las palabras están confundidas, algunas sólo tienen significados más grandes que ellas mismas.
Particularmente, ahora me afecta porque me cuesta seguir leyendo el libro que empecé. No lo entiendo mucho y la verdad es que no llevo casi nada, pero con cada palabra que leo -la entienda o no-, me inundan esas visiones de radio-relojes donde suena música clásica, de peleas en una auto o en una calle por la noche. No puedo dejar de ver a mi hermana paseando por París, demasiado lejos de mí, demasiado linda y mayor como para gastar tiempo conmigo.
En el prólogo del libro dicen que es un libro que tiene miles de lecturas y creo que tiene toda la razón. No es un tema de interpretación, es más que eso, es como si las palabras calaran hondo en la piel, como si se levantaran del texto formando un puzzle sonoro que se arma siempre de maneras distintas. De hecho, no se necesita interpretación, ni siquiera pensar en posibles significados; ni siquiera se necesita entender de lo que se está hablando, sólo fluyen en sensaciones extrañas, que a veces dan hambre y que tal vez más rato sólo me den pena. 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Terminó recién el señor de los anillos y me pasa lo mismo de siempre: me siento vacío. Me pasaba cuando veía digimon, todas las tardes con esa sensación como si de verdad me faltara algo importante.
Ahora sólo tengo esto, esto que lleva ya varios días ahí. Es un poco de luz que entra por la ventana, es la luz de la calle que ilumina el balcón de mi pieza a las cuatro de la mañana. Es despertarse en la mitad de la noche para sólo saborear el gustito que deja el final de un sueño. Es ver un mundo diferente todos los días y no poder ir ahí. Es estar estudiando y leyendo de economía mientras podría estar leyendo un libro, tratando de encontrar un mundo distinto al que sí podría ir todos los días. Eso siento hoy, todo eso y poco más.

Me he fijado que cuando una persona se describe, muchas veces no coincide con lo que yo veo de ella. Casi siempre en realidad. Me imagino que cuando yo lo hago también dista mucho de la realidad.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Vida

Me di cuenta un día que mi abuelo vivía conmigo y que cada día hablaba más weás. Yo pensaba que mi vida no podía cambiar y que él iba a estar con nosotros de forma pasajera. No lo pensaba porque creía que se iba a morir o algo, sólo creía que mi vida no podía cambiar tanto.
De repente estoy en cuarto o quinto de mi segunda carrera y los tacos para llegar a mi casa son cada vez peores. Tengo miedo de no darme cuenta como se me está yendo la vida.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está