Soñé contigo y con una ciudad perdida bajo la nieve. Paseamos en un taxi por todos lados. A ti te llamó la atención que el aeropuerto rural estuviera metido adentro de mercado, entre los pescados no tan frescos y las hierbas curativas. Nos metimos de la mano en un museo de escaleras y a ti te costaba encontrar el baño. Todo era de maderas como en la casa de Neruda, todo tenía escaleras. Subíamos y bajábamos buscando algo que ver, de piso en piso, de medio piso en medio piso. Llegamos por fin a algo en la base de la ciudad. A esa altura el museo no había sido otra cosa que un pasadizo, una suerte de laberinto que podía llevarte por cualquier salida a ciudades desconocidas. Ya habíamos dejado la madera y la nieve atrás. Allí abajo podíamos oler el mar, sentir el vapor de agua que vuela por el aire después de explotar contra las rocas. También sabíamos que el mar estaba cerca por la forma de la ciudad, por las casas de madera corroídas por la pobreza, todas apretadas creciendo hacia el cielo en busca de un poco de luz solar, apenas separadas por unos callejones estrechos fabricados de escalones y de tierra que recorrimos un rato. Entendí en ese punto que el museo era sólo la médula de un gran laberinto perfecto e insalvable, que respiraba y mutaba gracias a la vida de todos sus habitantes.
Los túneles de piedras cuadradas que encontramos estaban cubiertos de musgo verde por el lado donde les llegaba el sol de la tarde y el pasto se les metía por abajo; por entremedio de los rieles del antiguo tren que llegaba a la costa. Ahí te saqué algunas fotos, te saqué muchas. Tú reías, estabas feliz, te gusta el sol de la tarde y las ruinas, como a mí. Después de caminar por los túneles y de ver pasar un tren, nos metimos de nuevo en el museo para ver adónde terminábamos.
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