viernes, 25 de octubre de 2013

Día tres.

Pasa cada cierto tiempo que pienso en los videoclubs. La última vez que vi uno fue en Tomé; gastado, vacío y sucio. Hay otro cerca de mi casa y voy ahí a veces, queda en el tercer pasaje de aquí para allá, en la esquina donde llega a Enrique Soro. Si vas ahí de día sólo hay un peladero donde se junta una pandilla de perros. A veces voy a otro que queda en la calle del río, pero ahí si que no sabría llegar con certeza.
Es la raja la palabra videoclub. Me daría pena que se perdiera. Los niños de ahora saben lo que eran sólo por el blockbuster, pero esa mierda no tiene la esencia de un videoclub, de partida no tiene el piso de madera. Nunca van a entender lo que era entrar en un negocio de barrio pero que no vendía dulces. Es difícil de entender en realidad la necesidad que se tenía por las películas y que eso diera para tener un lugar donde arrendarlas terrible cerca de la casa. Me acuerdo que uno nunca sabía qué película exactamente arrendar y al final siempre llegábamos a la casa con una de pato aventura que jamás decepcionaba y la veíamos todo lo que podíamos para aprovechar la plata.
Cuando ya no quede nadie que pueda recordar lo que era ir a uno de esos locales, morirán simplemente con esa persona. Tal vez quede por ahí algún registro, qué sé yo. No es como los cassetes, los pérsonals o las grabadoras, porque esos artefactos ahora son antiguedades, pero los videoclubs del mundo probablemente ahora sólo sean farmacias, edificios o tiendas de celulares. Es un destino fatal, pero ineludible. Me recuerdan al teatro que encontramos una vez y que nadie conoce. Dicen que ahí practicaba el coro de la u de conce cuando el mundo valoraba las cosas importantes.

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