Encontré sangre en la nevera, producto de una lucha sangrienta a tiros de escopeta. Las balas iban y venían mientras yo trataba de dormir, hasta que me molestó el sonido que estremecía una cara suave y familiar. Goteaba roja la sangre y se escabullía entre cada fisura del cristal; dulce como el néctar de las frambuesas que se pudrían en nuestros recuerdos. Ese día terminó de sangrar un alma que moría hace días, herida por un egoísmo acérrimo. La sangre que manchaba mis manos era hermosa, y aunque nació de un alma que pudría las frutas, seguía siendo roja.
diego tengo un nuevo blog que seguramente volveré a abandonar.
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