domingo, 14 de noviembre de 2010

La única wea que me hace feliz no tiene que ver con la vida ni con la permanencia. Busco entonces el miedo, encontrar entre la oscuridad esa verdad paralela que algunos han entendido y alcanzado. No hay más verdades que dormir, ni más felicidades que soñar, porque fuera de eso, nada es verdadero. Quiero pasarlo mal, tener hambre y estar solo. Quiero llorar todos los días y reír con el sol. Quiero que el viento me ayude a caminar, mientras mueren mis ojos y mi pelo. Quiero que esta desesperación se lleve mi alma para así poder encontrarla. Caminar ciego. Quedar ciego me atrae, me gusta la idea de ver más que todos los que pueden ver con los ojos.

martes, 9 de noviembre de 2010

Acabo de llegar de un lugar que extrañaba mucho. Íbamos en el auto de un amigo; el auto iba lleno, mas no los puedo recordar a todos. Los cerros se extendían altísimos, encerrando una entrada de mar que parecía un lago. El agua completaba, escasa, el fondo del valle, reflejando al cielo toda la belleza que sus ojos no podían entender. Un muro esculpido por el viento, de un gris tan oscuro que delataba haber sido creado por el hombre, contenía la socavada ladera de un cerro que terminaba mojándose en las extrañas aguas del mar. Yo sabía que sobre el muro había un camino de pequeñas conchas blancas que te llevaba a Dios, porque había estado ahí; ya había estado con Dios, ahí, a la vuelta de la esquina. Bordeando el enorme cerro, entre la ladera y el mar, llegabas a una playa y naturalmente las rocas que te conducían a ella, soportaban incansables cada furiosa arremetida de las olas. Pero eso sólo lo sabían quienes no podían resistirse a ver como revientan las olas, porque para los demás estaban: Dios y las conchitas. Con las olas ocultas bajo un mar de ceguera crónica y comodidad, el único indicio de que esa peculiar laguna fuera un mar eran los pequeños barcos pesqueros, oxidados y muertos, medio hundidos tocando fondo. Recuerdo todo esto haberlo visto antes.
A nadie en el auto parecía importarle algo de lo que veían porque el auto seguía su rumbo, lento pero implacable. Tal vez simplemente la dicha que sentía, extendía hasta el infinito la luz que entraba por mis ojos y los segundos convertido en fotos se perpetuaban eternamente en una sonrisa.
Los pequeños cangrejos se confundían entre las redondas rocas de río y las algas bailaban, en un ir y venir, al son de la incesante corriente marina. Después de una curva formada por un pequeño cerro, el camino parecía seguir en el mar. Sin más preámbulo, el auto empezó a entrar en al agua sin asco alguno, estremeciéndose con cada roca que destrozaba sus entrañas. La misteriosa ruta dictada por las aguas poco profundas, nos mostraba el transparente fondo, como un pequeño riachuelo que atraviesa una carretera en invierno; nos obligaba a seguir. Todos en el auto sabíamos que tendríamos que bajarnos a empujar en algún momento, mas no tengo la certeza de lo que ocurrió; no pude volver allí por más que intentaba cerrar los ojos.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Se siente raro, igual de incómodo que fingir que celebro un gol que no me alegra tanto como para pararme a gritar; es raro que nunca sepa qué hacer en esos casos.
Aún sin saber el cómo he llegado a esta relatividad paralela, camino entre cosas que se han construido en un día, sobre lo que yo creía que era la realidad. Dentro de una micro común, me pregunto a dónde vamos. Todo parece tan inofensivo que me aterra. Ya no sé si podré llegar a mi casa; no puedo ver mis huellas en la arena, no reconozco las casas a mi alrededor. Hay cosas que nunca estuvieron ahí y no entiendo qué pasa. ¿Todos aquí verán lo mismo? No quiero saberlo, no me puedo arriesgar a que algo de lo que amo no sea cierto. No quiero que ella, que mira por la ventana, no sea real; nunca la vi pagar el pasaje ni pude ver la micro parar para que ella bajase ¿eso la hace menos real? Lo único que la hace verdad es el asiento vacío que usaba, pero tal vez la confundí con una maleta.
Ya no tengo pruebas de como volver, he perdido la noción de cuantas puertas he atravesado hasta aquí. No puedo contar lo que no veía y no puedo ver lo que no existía; acabo de crear toda esta mentira, acabo de verla. ¿Cómo saber cuántas veces he virado en la esquina si no he mirado por la ventana? ¿Cómo saber si me he bajado en el lugar correcto si ni siquiera recuerdo qué decía el cartel de la micro? Existirá el lugar correcto, me pregunto. Me asusta la idea de atravesar puertas, una y otra vez, sin entender qué es lo que ha cambiado a mi alrededor. Me aterraría saber que ya ha pasado; a veces me asustaría que me dijeran la verdad.

martes, 2 de noviembre de 2010

Ya no estoy solo. Estoy feliz, en silencio el viento acaricia mi ropa. Las flores me saludan en mi ausencia, mientras el pelo se me viene a la cara. Ya no tengo frío.
Somos la más hermosa aberración de la naturaleza.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Existen dos tipos de personas. Primero están los que cuando les muestro algo que hice, siempre me dirán que les gusta. A ellos hay que sacarle una respuesta útil entre lineas. Los segundos serán los que, dentro de lo posible, siempre te dirán la verdad. Existe entre ambos una diferencia más profunda y por supuesto, algo menos banal que la ridiculez que acabo de escribir. No quiero hablar de los primeros, sólo quiero decir que los segundos, te pueden decir la verdad porque la conocen. En esa verdad ambigua, pero absoluta, reside toda la esencia de su conocimiento interior.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está