Acabo de llegar de un lugar que extrañaba mucho. Íbamos en el auto de un amigo; el auto iba lleno, mas no los puedo recordar a todos. Los cerros se extendían altísimos, encerrando una entrada de mar que parecía un lago. El agua completaba, escasa, el fondo del valle, reflejando al cielo toda la belleza que sus ojos no podían entender. Un muro esculpido por el viento, de un gris tan oscuro que delataba haber sido creado por el hombre, contenía la socavada ladera de un cerro que terminaba mojándose en las extrañas aguas del mar. Yo sabía que sobre el muro había un camino de pequeñas conchas blancas que te llevaba a Dios, porque había estado ahí; ya había estado con Dios, ahí, a la vuelta de la esquina. Bordeando el enorme cerro, entre la ladera y el mar, llegabas a una playa y naturalmente las rocas que te conducían a ella, soportaban incansables cada furiosa arremetida de las olas. Pero eso sólo lo sabían quienes no podían resistirse a ver como revientan las olas, porque para los demás estaban: Dios y las conchitas. Con las olas ocultas bajo un mar de ceguera crónica y comodidad, el único indicio de que esa peculiar laguna fuera un mar eran los pequeños barcos pesqueros, oxidados y muertos, medio hundidos tocando fondo. Recuerdo todo esto haberlo visto antes.
A nadie en el auto parecía importarle algo de lo que veían porque el auto seguía su rumbo, lento pero implacable. Tal vez simplemente la dicha que sentía, extendía hasta el infinito la luz que entraba por mis ojos y los segundos convertido en fotos se perpetuaban eternamente en una sonrisa.
Los pequeños cangrejos se confundían entre las redondas rocas de río y las algas bailaban, en un ir y venir, al son de la incesante corriente marina. Después de una curva formada por un pequeño cerro, el camino parecía seguir en el mar. Sin más preámbulo, el auto empezó a entrar en al agua sin asco alguno, estremeciéndose con cada roca que destrozaba sus entrañas. La misteriosa ruta dictada por las aguas poco profundas, nos mostraba el transparente fondo, como un pequeño riachuelo que atraviesa una carretera en invierno; nos obligaba a seguir. Todos en el auto sabíamos que tendríamos que bajarnos a empujar en algún momento, mas no tengo la certeza de lo que ocurrió; no pude volver allí por más que intentaba cerrar los ojos.
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