sábado, 20 de noviembre de 2010

locuras II

Recuerdo haber estado exhausto por el inclemente calor que derretía las esperanzas de las estrechas calles de piedras coloniales. Me senté afuera de una casa, apoyado en sus paredes mirando una peculiar estatua de un pirata, mientras mi papá entraba a caer de nuevo en los enmarañados juegos de los locales que buscaban resaltar de entre sus miserias. El pirata me llamó en particular la atención, no podía parar de mirarlo, con una cartera al hombro llena de papeles importantes, una la larga y extraña capa al viento y su pelo amontonado, atípico en esas latitudes. Aparecían todo tipo de personas a rodear la estatua; las personas más heterogéneas que jamás había visto. Decían las susurrantes voces del viento, que al mirarlo a los ojos y pedir un deseo mientras le tocas un dedo que apuntaba a la nada, éste cumplía tu deseo o simplemente te traía buena fortuna, si no eras tan ambicioso como para saber exactamente lo que querías. Parecía algo muy divertido para los chinos y españoles que pasaban a sacarse fotos o para las europeas o gringas que sin entender nada, o tal vez ebrias, lo abrazaban sin el más mínimo respeto o vergüenza. Nadie se sentó a mirar y a entender quien realmente era: un ser de piedra, oscura, tan negra como la tez de su pueblo y tan poderoso como el Dios que veneraron por siglos de implacables domingos de iglesia. Mientras Dios se ha olvidado de quienes más han creído en él, una nueva esperanza nace insurgente, pero silenciosa e incipiente; violenta y revolucionaria, pero demasiado hereje como para ser confesada. Pude ver en esa esquina la verdad, más sincera que cientos de soles, en los ojos de quienes podían escapar de la realidad al mirar la piedra a los ojos y soñar. Cuando la fe, simplemente no pudo mover montañas o no pudo sacar a sus hijas de la prostitución, un deseo se convierte en Dios, y así, Dios es sólo una simple expresión de la esperanza de conquistar las alturas. Dios nace del hombre y de su inseguridad por su frágil condición, por la necesidad de controlar todo eso que no está a su alcance, en su constante búsqueda por entender todo eso que no puede explicar. Sin comprender como algo tan abstracto como Dios se uniformó bajo una verdad tan absurda, entendí, aquel día, que Dios nace y muere y vuelve a nacer, reencarnado en lo que no conocemos. Dios llena los vacíos de verdades, completa todas aquellas incertidumbres, asesinando las vacilaciones, porque él maneja todo eso que nosotros no; como una estrella fugaz que muere cuando ya nos ha dado suerte y que el miedo nos hace volver a buscar en la oscuridad celeste. No sé qué es exactamente Dios, pero sé que lo conocí aquel día; lo vi, de piedra sólida, parado inmóvil en la acera contraria mirando al vacío.
La verdad en las lágrimas de una anciana, han creado un Dios, más cierto que el que he podido ver en los ojos de cualquier cura. Un Dios, interior y verdadero, que no carga con prejuicios de siglos, que nace del amor. Él jamás la engañara, porque nunca le ha prometido nada, tan sincero como lo que la anciana le pedía en su oración herética. Allí observando, yo sólo quería pedirle a Dios que sus sueños se cumpliesen y en ese momento, tal vez yo fui su verdadero Dios, pero eso nunca lo sabremos.

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