El otro día tuve la mala idea de irme en bicicleta al centro en un día de lluvia y viento. La lluvia no me molestaba, es más el viento que siempre pega en contra de pa'onde uno va. En un viaje así de largo hay que estar preparado y tener un monólogo bien preparado pa no aburrirse ni concentrarse demasiado en el viento o en el cansancio. De hecho no me gusta cruzar el puente con cualquiera, como tampoco me gusta estar con gente con la que no sé de qué hablar.
Bueno, les cuento que al final llegué al centro bien apurado porque ya eran más de las cuatro. Pensé que el viento sería menos cuando por fin saliera del puente, pero no fue así. Iba por Chacabuco pensando que nunca he podido pegarle a alguien en un sueño porque siempre que los tengo listos les termino casi que haciendo cariño con el cacho en el hocico. Es terrible, casi tan terrible como escapar de las olas en cámara lenta hundiéndome en la arena. Llegando como al Enrique Molina me atacó un perro mientras pensaba en el tipo que murió de rabia. No me alcanzó a morder porque le puse una patá en el hocico como pude y me bajé de la bici. El perro culiao estaba ensañado conmigo hasta que llegó un paco a sacarlo. Era un labrador enorme y negro, de casa lógicamente, de algún saco de weá descuidado. A diferencia de mis sueños, a este sí le pude pegar, pero me dejó como un bolo alimenticio verde y asqueroso en la zapatilla que no quise ni tocar. Después pensé un rato más en ese ciclista que lo atacaron los perros con rabia; el resto del viaje le di vueltas a lo que habrá comido ese perro para haber tenido esa porquería verde en la boca.