jueves, 25 de agosto de 2011

24 de agosto

En el desierto los hongos crecían como en el paraíso: grandes, rojos y blancos y por todas partes. Cuando no hubo noche, el calor seco los deshidrató en pocos minutos una vez que los tuve en mis manos. Era cosa de correr el mosquitero para pisar la tierra endurecida por el sol. Afuera de mi pieza todo era como en las películas al atardecer en un pueblo fantasma, a diferencia que yo no podía ver una sola casa. Los buitres y los coyotes esperaban que cayera la noche, porque con este calor no eran más que invisibles adornos del paisaje. En el interior de las cuevas de arena carentes de pinturas rupestres vivían los hongos más hermosos, reposando sobre mesas construidas por el viento y los años. Saqué algunos, los saqué casi todos, pero sólo volví con tres. Los puse a secar en el viejo radiador de la pieza con tallo y todo, mientras veía como los más pequeños se apoderaban de mi guitarra, de la ropa en mi closet y de mi mochila. Era un espectáculo indescriptible verlos crecer dentro de mí.
Hoy reí hasta llorar.

miércoles, 24 de agosto de 2011

lunes, 15 de agosto de 2011

Bajo el mar

El agua infinita no me deja ver las paredes ni la roca, como si todo fuera nadando en círculos. Sólo sé que el sol, después de almorzar, dibuja un cuadrado perfecto que se ve entrar en las olas y ahogarse en el fondo. Aquí no hay peces, sólo un par de lineas azules que me llevan directo hacia lo más sombrío del mundo. Debajo del agua el tiempo se dobla a mi antojo y los sonidos se van juntando en esa lista de reproducción para de pronto hacerlos explotar todos dentro de nuestras cabezas. Caer aquí es como volar borrachos, sometidos al juicio del viento y a la risa, que nunca nos dejaría oscurecernos demasiado. Respiramos las pequeñas burbujas de aire que se nos meten entre los dedos para así, a kilómetros, poder escucharnos resoplar. El techo es tan alto como el firmamento y los ventanales se confunden entre el aquí y el allá, para sólo dejar escapar la luz. El agua de este lugar consume todos los gritos y los pensamientos al ritmo de cada brazada y nos lleva más allá de los sueños, a correr por la infancia con el reflejo sobre nuestras cabezas y a dejarnos llevar a un paseo instantáneo por esos lugares que nunca debimos olvidar. Si existe un lugar donde todo se hace infinito, eso es bajo el agua.

El tiempo en segundos

¿En qué pasa el tiempo cuando los segundos son eternos? ¿Siguen acaso siendo segundos? Podríamos simplemente no llamarlos de ninguna forma. Es como los colores o las canciones, que nadie puede asegurar realmente en qué frecuencia están sus ondas. Si no sabemos cuántos de nuestros segundos exactamente tenemos que hacer esperar a otro, entonces, por ningún motivo es justo dejarlo esperando. A lo mejor por eso alguien inventó el tiempo, para tratar de acercarse un poco a cuantificar nuestros segundos. Tal vez, algún día, cuando podamos medir los segundos de cada uno, nos demos cuenta que todos estamos hechos para esperar lo mismo.

Cosas de celulares y de gente.

Hoy dediqué media hora de mi vida a eso, planeé comer la pizza arriba, y aunque no lo hice, sabía que tenía que volver lo antes posible a ver qué había en ese celular. Me acosté y con todo arriba lo vi, ahí, en la mochila deshecha, esa mochila que ni siquiera había ocupado hoy. Por supuesto no estaba ahí, pero sin saberlo aún, me asustaba profundamente la idea de tener que levantarme a buscarlo. De pronto lo sentí al lado, observándome. Lo podía ver de reojo, sabía que me miraba sentado tranquilamente sobre la mesa de mi velador, disfrutando del miedo que me provocaba voltearme a mirarlo de una vez.
Todo era una farsa, lo supe desde un principio, cuando lo oí vibrar desde el subsuelo, y aun así no me pude sacar esa maldita idea que me persiguió durante todo el día: jugar a alterar la realidad.

domingo, 14 de agosto de 2011

Fotos

Tengo una foto que me hace feliz. No es que sea una gran foto ni una composición perfecta, pero es mi foto. Sé que nadie en el mundo podría tenerla porque tal vez nadie la entendería ni todo lo que ella quiere decir, pero aun así no es una gran foto. Hay algo que la hace única, aparte del hecho de que cada pieza se movía accidentalmente, de cada sonrisa y de cada rayo de luz, que como en un río turbulento, jamás volverá a iluminar los caminos de la misma forma. Lo que la hace única es ese segundo en que todo se detiene para siempre y todo lo que allí se detuvo.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está