viernes, 25 de octubre de 2013

Día cuatro.

Es la raja el video.


Playa.

Fui a una playa del litoral central hoy en la tarde. Dejé mis cosas en la arena, debajo de unas rocas y caminé buscando a alguien. No había más en la orilla que unos botes amarrados a nada. Subí un cerro alto que se metía en el mar y de ahí lo bajé. El agua estaba tranquila. Vi cómo se movían entre las olas unas culebras envueltas en neumáticos de camión y unos gatos con armaduras de papel mojado. Eran animales extraños. Corrí por la playa buscando una cámara de fotos y me encontré con un caballero y su nieta, me dijeron que no eran animales extraños, que tan sólo eran un neumático con cabeza de serpiente y un gato rosado. Le pregunté al viejo por mis cosas y mis zapatos y me dijo que se las había llevado alguien, porque donde yo las dejé se las iba a llevar el mar. Después me contó que su hermano vivía en Pucón y que, por lo tanto, él prácticamente vivía de vacaciones. Me cayó simpático la idea de vivir de vacaciones. 

Día tres.

Pasa cada cierto tiempo que pienso en los videoclubs. La última vez que vi uno fue en Tomé; gastado, vacío y sucio. Hay otro cerca de mi casa y voy ahí a veces, queda en el tercer pasaje de aquí para allá, en la esquina donde llega a Enrique Soro. Si vas ahí de día sólo hay un peladero donde se junta una pandilla de perros. A veces voy a otro que queda en la calle del río, pero ahí si que no sabría llegar con certeza.
Es la raja la palabra videoclub. Me daría pena que se perdiera. Los niños de ahora saben lo que eran sólo por el blockbuster, pero esa mierda no tiene la esencia de un videoclub, de partida no tiene el piso de madera. Nunca van a entender lo que era entrar en un negocio de barrio pero que no vendía dulces. Es difícil de entender en realidad la necesidad que se tenía por las películas y que eso diera para tener un lugar donde arrendarlas terrible cerca de la casa. Me acuerdo que uno nunca sabía qué película exactamente arrendar y al final siempre llegábamos a la casa con una de pato aventura que jamás decepcionaba y la veíamos todo lo que podíamos para aprovechar la plata.
Cuando ya no quede nadie que pueda recordar lo que era ir a uno de esos locales, morirán simplemente con esa persona. Tal vez quede por ahí algún registro, qué sé yo. No es como los cassetes, los pérsonals o las grabadoras, porque esos artefactos ahora son antiguedades, pero los videoclubs del mundo probablemente ahora sólo sean farmacias, edificios o tiendas de celulares. Es un destino fatal, pero ineludible. Me recuerdan al teatro que encontramos una vez y que nadie conoce. Dicen que ahí practicaba el coro de la u de conce cuando el mundo valoraba las cosas importantes.

jueves, 24 de octubre de 2013

Día dos.

Quiero ir a una plaza, como a la de Talca, y arrendar un autito a pedales. En la plaza de Quillón también los arriendan. Mi sueño de niño era que mi mamá me llevara a una ciudad con calles y señales pequeñitas que está en el parque Ecuador. Ahí arrendaban esos autos. Me gustaba mirar cómo los niños doblaban en las esquinas y cedían el paso mientras daban vueltas por esos espacios asfaltados que más adelante sentarían un precedente para las actuales ciclovías. Nunca supe por qué mi mamá jamás me llevó, en volá no tenía plata ni tiempo.
Quiero que sea verano y estar en un pueblo perdido, que mi mamá me compre unas palomitas y pasear por la feria; que todo tenga lucecitas amarillentas colgadas de los árboles. Quiero entrar a esos juegos chantas y que sólo me dejen subir a los patitos, que me compren una manzana confitada y que se me meta aserrín en las zapatillas. Quiero esperar afuera de esas casas rodantes por mi cucurucho de papas fritas, quiero que cueste 200 pesos y que sea blanco con rojo, que tenga harto aceite y que no me importe.
No quiero nada más, sólo quiero llorar.

martes, 22 de octubre de 2013

Laberintos

¿Es posible hacer un laberinto perfecto? ¿Un lugar donde siempre estemos perdidos? Pensaba en una ciudad que cambie de color junto con la forma de las casas, donde las horas y las épocas del año nunca se toquen y donde el clima nunca coincida con el desayuno. Estaría todo amarrado subterráneamente a un complejo sistema de engranajes con infinitas combinaciones y la gente iría a trabajar todos los días a oficinas distintas y el tren y los autobuses cambiarían a cada segundo sus rutas. Lo único que podríamos encontrar siempre en su lugar, aunque en formas distinta, sería el centro de la ciudad, ya que éste sólo giraría en torno a sí mismo. Este sistema será tan perfecto que todos los habitantes siempre tendrán a la mano una panadería. Será tan perfecto como un reloj suizo. Será perfecta porque entenderá la duración relativa del tiempo y jugará con ella. Aquí algunas noches podrían durar varias porciones de vuelta del globo y los atardeceres se extenderían varias vueltas al sol, para que todos pudieran apreciar con claridad que cada instante de la tarde tiene un color diferente. La gente no se aburriría ni estaría fastidiada, sólo haría lo que tiene que hacer y trabajaría donde tiene que trabajar. Porque, ¿acaso no les parecen a ustedes igual de arbitrarios este tipo de cambios a las elecciones que hacemos todos los días? La diferencia es que creemos que no lo son porque perduran y les damos importancia. Vivir aquí o acá, en Chile o en Sambia, estudiar en esta o en esta otra universidad o jugar a la pelota con esos que viven cerca. No son más que engendros de una gran arbitrariedad.
En fin, no sé cómo terminar ni empezar.

Día uno

Soñé contigo y con una ciudad perdida bajo la nieve. Paseamos en un taxi por todos lados. A ti te llamó la atención que el aeropuerto rural estuviera metido adentro de mercado, entre los pescados no tan frescos y las hierbas curativas. Nos metimos de la mano en un museo de escaleras y a ti te costaba encontrar el baño. Todo era de maderas como en la casa de Neruda, todo tenía escaleras. Subíamos y bajábamos buscando algo que ver, de piso en piso, de medio piso en medio piso. Llegamos por fin a algo en la base de la ciudad. A esa altura el museo no había sido otra cosa que un pasadizo, una suerte de laberinto que podía llevarte por cualquier salida a ciudades desconocidas. Ya habíamos dejado la madera y la nieve atrás. Allí abajo podíamos oler el mar, sentir el vapor de agua que vuela por el aire después de explotar contra las rocas. También sabíamos que el mar estaba cerca por la forma de la ciudad, por las casas de madera corroídas por la pobreza, todas apretadas creciendo hacia el cielo en busca de un poco de luz solar, apenas separadas por unos callejones estrechos fabricados de escalones y de tierra que recorrimos un rato. Entendí en ese punto que el museo era sólo la médula de un gran laberinto perfecto e insalvable, que respiraba  y mutaba gracias a la vida de todos sus habitantes.
Los túneles de piedras cuadradas que encontramos estaban cubiertos de musgo verde por el lado donde les llegaba el sol de la tarde y el pasto se les metía por abajo; por entremedio de los rieles del antiguo tren que llegaba a la costa. Ahí te saqué algunas fotos, te saqué muchas. Tú reías, estabas feliz, te gusta el sol de la tarde y las ruinas, como a mí. Después de caminar por los túneles y de ver pasar un tren, nos metimos de nuevo en el museo para ver adónde terminábamos.

domingo, 13 de octubre de 2013

Seres de luz

Cuando uno está solo en la casa se ven cosas sorprendentes. En días como hoy, exactamente como hoy, se pueden ver volar por mi casa unos seres de luz, sin alas ni formas, nunca he podido convencerme, son más como flechas de fuego que atraviesan las habitaciones. Me acompañan por el rabillo del ojo, me dicen al oído: hey, amigo, no estás tan solo, te vemos, te vemos todos los días en tu pieza, en tu cama, te vemos regalarle tu vida a una máquina de escribir, así te vemos, siempre solo.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está