Tenía como una angustia, esa que no logras entender, mientras flotábamos alejándonos de lo que parecía un sueño. Junto a nosotros caminaban unas cuantas personas, aparentemente insípidas. Yo sólo quería aliviar su carga, sé que jamás me lo hubiera permitido, mientras sólo me limitaba a responder a alguien que parecía hablarme. Ella más atrás escuchaba todo en silencio. Me gustaba saber que ella estaba ahí, más allá, como espectadora, mientras las cosas banales, irrelevantes, giraban en torno a nosotros. El mundo seguía en su intento por llamar mi atención, yo sólo era capaz de contestar frases que podía elaborar con ese ínfimo resto de inteligencia que me dejaba ella, lo demás gritaba su nombre en mi interior. Supongo que nuestra conversación no tenía mucha consistencia, lo alejé rápidamente.
Espero, aliviano el paso, ella no tarda en alcanzarme, sonreímos. En un par de cuadras habíamos construido nuestro universo, de nuevo. Por fin ya no tenía que contestar, no estaba obligado a nada.
No quería llegar al punto en que nos detendríamos, llegamos a un paradero. La ayudé son su bolso y lo deje en un banca, junto al mio. Cerré de nuevo la puerta, no podía dejar de mirarla, todo tenía ese estúpido color anaranjado que pinta todos mis recuerdos. Cómo poder extenderlo, cuando subiéramos al bus, cuando volviéramos a la verdad todo terminaría.
Los que nos acompañan suben a una micro. Los seguimos como por inercia, le pregunté si estaba bien, le presté para el pasaje. Éramos los últimos, la dejé pasar y subimos.
Caminamos hasta el final, todos parecían ubicados, dudamos unos segundos. Algo alejados de todo quedaban un par de asientos vacíos, que ironía. Pasé yo primero, me senté junto a la ventana, puse el bolso sobre mis piernas y apoyé mi cabeza, mientras la veía sentarse y hacer exactamente lo mismo. Apoyó su cabeza y me miraba, esto me hizo retroceder y me recargué en el respaldo. Comenzó a nublarse todo lo demás, todo se transforma en adornos, todo era un fondo borroso. En ningún momento estuvimos en silencio, pero ya no reíamos todo el tiempo, no nos burlábamos ni conspirábamos, todo giró en entendernos. Tenía una nueva connotación. Nos estábamos conociendo. Mientras hablábamos, caía el sol en el mar y el paisaje, que cambiaba, sacaba a mi luz, una tras otra, cada cosa nueva de ella.
Levantó la cabeza de la mochila para contestar su teléfono que sonaba, parecía molestarse cada vez que lo hacía. Cuando acabó me dijo algo, entendí. Guardó mi numero en el suyo. Luego se acercó un poco y descansó su cabeza, esta vez no pude hacer nada para evitarlo, tampoco quería hacerlo.
La vencía el sueño pero no quería dormir. Hicimos un pacto y la obligue a descansar, se lo merecía, se acercó aún más y cerró los ojos, yo debía ahora cumplir mi parte. No sabía hacia donde mirar, fuera todo se teñía de rosa ahora, a su lado eso era casi tan afortunado como ver sus ojos, o ver como su nariz, descuerada por el trabajo, se arrugaba mientras ella reía entre sueños. El desapruebo no me dejaba cojer su mano, no podía dejar de verla, ahí estirada, llamándome. La ventana era mi escape, toda la pobreza de la realidad parecía menos pobre, menos miserable. Trataba de guardar todo lo que estaba ahí conmigo, nosotros, sabía que pronto iba a terminar.
Mientras todo afuera se movía con una rapidez indeseable, comienzo a ver cosas reconocibles. Era el momento de concluir el acuerdo, el que intenté distender. Debía despertarla, debía despertar. Dejamos de anhelar, volvimos a la complejidad. Movimos rápidamente el equipaje y toque el timbre. La ayudé a bajar, nos despedimos de quienes no volveríamos a ver y caminamos hacia el fin.
Era extraño despertar con ella, volver a la realidad, nuestra realidad, a su lado se asemejaba a la imaginación. Cruzamos una peligrosa avenida, flotando, hasta llegar a esa calle. Era tarde, caminábamos despacio, los colores del ocaso dibujaban pausados movimientos, inconscientemente. La melancolía se apoderaba de mí a cada paso, hasta que llegamos a su casa. Parecía el fin. Conversamos un par de simplezas antes de que ofreciera irme a dejar. No quise molestar, no entiendo el porqué, en el fondo era sólo una excusa, ambos lo sabíamos, sabíamos lo que pasaría. Aún se podía negar, preferí caminar entonces.
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