miércoles, 30 de marzo de 2011

Ella es el primer recuerdo que tengo en mucho tiempo, la primera evocación real y tibia, tan mágica como la mañana que me estremeció pensar en lo que habíamos hecho.

lunes, 28 de marzo de 2011

Me preguntó si le tenía miedo a las alturas y sin darme tiempo para respirar, como si me hubiese tomado de la mano, me llevó a través de una ventana rota hasta el balcón donde colgaban la ropa para ver mejor la noche.

jueves, 24 de marzo de 2011

Que triste la hora y el sueño, el hambre, el frío, mi cama, mi pieza y mis libros, y que triste el tiempo que tengo y el que no.

domingo, 20 de marzo de 2011

Tantos episodios de una misma sinopsis que no sé por dónde empezar, porque al escribir uno, estoy, a su vez, escribiéndolos todos juntos y separados.

lunes, 14 de marzo de 2011

laberintos

Evocábamos, como fotografiando un misterioso recuerdo, una vieja habitación de piso de madera maltrecha, incierta y lúgubre por los hongos que la teñían de un color ocre oscuro mezclado con tierra de bosques milenarios. Las tenues luces no permitían ver las paredes, como si no existieran. Por alguna razón, sólo atribuible a un sueño, no sabía cuando ni donde estarían los límites de esta espeluznante escena, pero sabía que no podían escapar de eso que conocía. En el centro de ese universo sombrío reposaban, sobre las rechinantes tablas, una tina seducida a los placeres del óxido y un sillín que sostenía a un niño hecho muerte, mientras intentaba quitar con una esponja el olor a azufre que lo visitaba desde el infierno.

Ojos de vidrio

En el espejo no se podía ver nada además de un par de ojos rojos que, hechos carne, se confundían con la piel y no se cansaban de intrigarme. Solo ahí, no podía entender en lo que nos habíamos convertido. Después de miles de infecciones y manoseos, ya no se podía reconocer el pardo en esos ojos que buscaba insaciable. En esa especie de pesadilla lúcida, un par de ojos de un vidrio sanguíneo, teñidos por tanta cal y muerte en sus venas, me atormentaban cada vez que iba a cerrar los ojos.

Son of a gun

martes, 8 de marzo de 2011

158

La encontraba en los oscuros dormitorios de los pueblos vencidos, sobre todo en los más abyectos, y la materializaba el tufo de la sangre seca en las vendas de los heridos, en el pavor instantáneo del peligro de muerte, a toda hora y en todas partes. Había huido de ella tratando de aniquilar su recuerdo no sólo con la distancia, sino con un encarnizamiento aturdido que sus compañeros de armas calificaban de temeridad, pero mientras más revolcaba su imagen en el muladar de la guerra, más la guerra se parecía a Amaranta. Así padeció el exilio, buscando la manera de matarla con su propia muerte, hasta que le oyó cantar a alguien el viejo cuento del hombre que se casó con una tía que además era su prima, y cuyo hijo terminó siendo abuelo de sí mismo.
-¿Es que uno se puede casar con una tía? -preguntó él, asombrado.
-No sólo se puede -le contestó un soldado- sino que estamos haciendo esta guerra contra los curas para que uno se pueda casar con su propia madre.

Gabriel García Márquez.

mil años

¿Qué día es el que muero? Puede ser por un día o por un año, mi naturaleza tal vez, o simplemente un designio irrevocable. Puedo un día dejar de respirar y a la mañana siguiente no pensar absolutamente en nada, y aun puedo detener mi corazón un par de horas. Me he comenzado a pudrir por dentro y a emanar una pestilencia de muerte incipiente. Me he violado a mí mismo y otro par de veces he visto a la propia muerte en el espejo. ¿Todas consecuencias del fin o es acaso la muerte una consecuencia de todas éstas? Sé que el día que muera será ese en el que me atreva a pensarlo como una posibilidad absoluta, frustrado o no por mi cobardía, no importa, porque no tener nada que me dé vida es como haber muerto hace mucho.
Tengo esa sed como de caña, que no se acaba con agua ni con cerveza o jugo. Se sacia con un jugo natural del mercado, con el agua de un río o con la neblina de las montañas. En el fondo se preocupa del significado que tenga el agua y no de esa sed en sí.

lunes, 7 de marzo de 2011

Mientras pensábamos acercarnos a un intrigante desenlace, escalando y rasgando la tierra con los dedos, nuestra inconsciencia se hizo cada vez más evidente. Aun rondando a la muerte no pude llegar a entender lo que estaba pasando en aquel bosque o conmigo. La cumbre, de sólido magma impenetrable, nos daba una furtiva bienvenida, aunque no estuviésemos listos. Miles de ojos vigilaban nuestro ascenso, de donde ya no podíamos escapar. En lo más alto del cielo, una muralla, custodiada por cuatros eternos, resguardaba la cima del mundo. Fundidos y maquinantes, los árboles sumaban más de un millón de siglos. En el silencio absoluto, nuestro andar destruía todo a su paso como un gigante funesto, delatando con precisión nuestra posición a eso que nos observaba sigilosamente. Subimos hasta no poder más, hasta violar todo lo que pudimos violar y luego escapamos corriendo. Nunca dejaron de acecharnos; pacientes y quietos, como esperando siglos venideros.
Sigue mi viaje de flashbacks que no puede detenerse con nada. Tal vez aquel día tuve razón y durante mi vida me daría cuenta de lo que había ocurrido aquella noche que no puedo recordar. No alcanzo a entender el sentido de estos arrebatos de locura que me consumen cuando los sueños que tuve se toman mi vida. Viajamos a la raíz de la verdad, donde nacen todos mis recuerdos, o mis sueños. En aquel sitio donde se origina el mundo o donde nacen los ríos que me dan de beber; en un lago en el cielo. Las nubes son conocidas para mí, en sus formas y colores, porque las recuerdo intactas, aunque nunca nos hayan presentado. Los cerritos y lomas, son fortalezas de antaño, de esos años en que los lagos y los caminos eran infinitos. Hasta el sabor del polvo me parecía familiar.

discordia

No pude evitar verla a mi lado, lavando platos conmigo, cuando estuve por fin solo. No teníamos detergente, pero eso no importaba, porque en el fondo, nuestras intenciones no eran esas. Bajo nuestra ilusión de un blanco ingenuo, seguimos lavando platos eternamente. Caía el agua a pedazos de una ridícula manguerita amarilla o de una llave, eso es irrelevante en mis delirios, porque exactamente ahí comenzamos a encontrarnos; estuviera ahí o no, ahora o ayer, eso se confunde en mis escapes. Desde ese día que no puedo parar de lavar los platos y, a veces, me gusta cuando quedan con grasa, así como aquel día en que nuestras nuestras risas fueron discordantes con todo eso que creíamos correcto hasta ese momento. Si leyeras esto, ¿sabrías que hablo de ti?


domingo, 6 de marzo de 2011

Caí un par de segundos, luego de resbalar al borde del acantilado. Dicen que puedes ver toda tu vida antes de morir, pero yo sólo atiné a proteger mis gafas de ese futuro impacto. Las nubes se escapaban de mis manos como arena y antes de poder pensar algo más, llegó. Lo último que pude ver fueron unas cuantas niñas horrorizadas, viendo como en una fracción de un segundo imperecedero, me despedazaba contra el concreto. Sentí como eternamente se desgarraba cada centímetro de mi cuerpo hasta llegar a mi cabeza.
Desperté en otro lugar, más allá de lo que entiendo, rodeado de seres grises con heridas de muerte. Bajo una carretera yacía lo que fui hasta ese día. Caminaba un par de metros buscando calor, cuando desperté definitivamente.
Un día cualquiera, cuando ya no era de día, me pregunté si podía morir. Una mañana, simplemente regresé de la muerte. Me preguntaba aquel día, cuántas veces podría morir en un sueño hasta ya no poder volver a soñar. Cuando la realidad que veo es mi realidad, que trasciende transversalmente, asesinando cada verdad que tengo, entonces, ¿cuántas verdades he de matar hasta matarme completamente?

 Lo que hubiera sido que se quede donde está